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Yo había sido un ángel tan pero tan gordo, que se cayó de la nube en la que estaba y fue a dar con sus alas rotas (hubo que podarlas) justo encima de la cama de mis padres. Esa fue la explicación que durante mi primera infancia intentó satisfacer mi curiosidad acerca de cómo venían los niños al mundo. Una pura cuestión de obesidad angelical.

[Esta semana sale Perdonen nuestros placeres (Vergara-Riba Editoras), el nuevo libro de Sandra Russo. Textos breves en los que la periodista y escritora pesca momentos placenteros en la vida de las mujeres.]

Dormir solas

La cama es un mundo que es nuestro. Somos dueñas esta noche de sus leyes. Somos soberanas con laureles de esta sábana blanca que huele a azahar. Antes de dejarnos doblegar por el sueño, somos felices. Brevemente. Discretamente. Nadie nos obedece, no obedecemos a nadie. En esta cama no hay ningún juego de poder. Qué bella manera de descansar.

Mientras el pelo era largo y la raya estaba al medio, no había ningún problema. Eso es lo que tenían la niñez y el hippismo: el pelo no daba trabajo. Casi ni me acordaba de que tenía pelo. Nunca me hice la toca, ni me hice rulos ni me lo sequé con secador, y a esa mala costumbre debo el recuerdo de una neumonitis en una Carlos Paz súbitamente nevada hace tanto que ni quiero decirlo. Pero un buen día, hace ya unos años, paf, me rapé. Y recién entonces descubrí una costumbre masculina asimilable a una costumbre femenina por excelencia: ir a la peluquería.

Me pasa a veces con la gente con la que comparto mi vida. Familia o amigos. Me pasó siempre, claro, como le pasa a todo el mundo, pero recién hace un par de años que puedo identificar el instante y disfrutarlo. Tardé tanto, creo, porque es un poco ilógico disfrutar la propia ingenuidad, la propia obcecación, la propia estupidez. Claro que no es ninguna de esas cosas las que me dan placer, pero la ingenuidad, la obcecación o la estupidez me han llevado muchas veces a sostener cosas que eran falsas, a aferrarme a argumentos poco sólidos o a quedarme atada a un prejuicio estampado en mi mente desde siempre. Así que de pronto descubrí que me daba un intenso y sincero placer, esas veces, descubrir que estaba equivocada. Que me daba un vago pero nítido placer descubrir que no tenía razón. Pero sobre todo, ese placer reside en dejar de resistirme a la evidencia. Ese placer es nativo de un territorio de mi alma en el que está habilitado el error.

[Un cuento del norteamericano Stephen Dobyns indaga en los diferentes tipos de risa posible, y a través de un relato disparatado hunde a sus lectores en el tema de la carcajada existencial.]

–¿Dirías tú que seriedad y miedo están relacionados?

–Yo creo que la seriedad está influida por el miedo –dijo Harriet, y pensó en la seriedad de su marido y en cómo éste la exhibía cual si se tratara de una prenda. Su risa, por lo general, había sido una risa irónica o sarcástica o prepotente; una risa siempre crítica y, por ende, seria. ¿Era posible reír sin pretender establecer juicio alguno? La vida de Jason Plover había sido un edificio construido para demostrar la solemnidad de su empeño. Pobre Jason, muerto por caída de cerdo: su fin había desbaratado todas las premisas de su vida.

Una de las más antiguas leyendas araucanas se pregunta qué fue primero, si la plata o el oro. Y lo explica a partir de una curiosa historia de violencia doméstica: el Padre Sol le pegó a su esposa, la Madre Luna, y ella lloró. Sus lágrimas fueron tantas que dieron origen a la plata. Como todo golpeador que se precie, cuando advirtió el alcance de su error, el Padre Sol lloró a su vez: sus lágrimas dieron origen al oro. Ergo, la plata es más antigua que el oro. La plata es femenina y el oro es masculino. Esa antigua tradición dejaría sus huellas en la orfebrería de los Andes, donde a un lado y al otro de la cordillera, según las épocas, diferenciados o asimilados, habitaron araucanos, pehuenches, tehuelches y mapuches.

“He oído todas las excusas que puedan inventarse las mujeres. No tengo talento. No soy importante. No tengo estudios. No sé hacerlo. No sé qué. No sé cuándo. Y la más ofensiva de todas: no tengo tiempo. En tales casos, siempre experimento el impulso de colocarlas boca abajo y sacudirlas hasta que me prometan no volver a decir mentiras.” Este párrafo de Clarisa Pinkola Estés, autora de Mujeres que corren con lobos, abre el libro escrito por las psicoterapeutas Adriana Arias Stodola y María Cristina Lobaiza Estrada, de próxima aparición y al que titularon Locas y fuertes (relatos de mujeres) –editorial del Nuevo Extremo–.

Memorias de una princesa rusa es un texto anónimo, como son anónimos muchas leyendas, mitos, imaginerías o formas textuales que muestran su potencia representativa no precisamente cuando surgen, sino cuando perduran. No hay datos ciertos sobre este relato ubicado en la Rusia de fines del siglo XVIII, pero sí innumerables ediciones en todo el mundo, y también existe, indudable, el inmediato reconocimiento del género erótico cuando se lo menciona aun a quienes jamás lo han leído. Ahora, en versión local, la flamante editora argentina AC incluye estas Memorias… como uno de los dos primeros títulos de su colección de literatura erótica. Y en sus páginas la princesa Vavara Sofía vuelve a delirar y a hacer delirar tanto a sus amantes como a los lectores de sus peripecias de alcoba, increíbles casi todas ellas, y es que de eso se trata este género: de poner en palabras la libido colectiva.