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	<title>Sandra Russo &#187; placer</title>
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		<title>Lamer el chocolatín</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Jan 2007 06:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[(texto publicado en la revista La mujer de mi vida en 2004) Cuando era chica y empezaba mi programa favorito –el Capitán Piluso-, mi mamá me daba, a veces, un chocolate Suchard de los amarillos, los que tenían cereales. Eran días especiales. Quién sabe por qué, a los seis años yo administraba mi Suchard amarillo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.chocolate-history.co.uk/images/chocolate-bar.jpg">(texto publicado en la revista <a href="http://www.lamujerdemivida.com.ar/">La mujer de mi vida</a> en 2004)</p>
<p>Cuando era chica y empezaba mi programa favorito –el Capitán Piluso-, mi mamá me daba, a veces, un chocolate Suchard de los amarillos, los que tenían cereales. Eran días especiales. Quién sabe por qué, a los seis años yo administraba mi Suchard amarillo para que me durara todo mi Capitán Piluso.</p>
<p>Esa era mi manera de disfrutarlo: nadie me lo había enseñado, pero ésa siguió siendo mi manera de disfrutar muchas otras cosas. Administrándolas. No soy una heroína romántica, parece. Quizá sea una heroína anti-romántica. O quizá sea todo lo contrario, y esconda en mí a una verdadera Amante del Teniente Francés incapaz de volver de la locura de perderlo. Trato de ubicarme otra vez en esa escena. Chiquita, frente al televisor en blanco y negro, con media hora por delante de entretenimiento asegurado, un entretenimiento multiplicado a mil por el disfrute del Suchard amarillo. El chocolatín entre mis manos regordetas. Yo tomando una decisión sin que nadie me advirtiera que ante el goce hay que tomar algunas decisiones. Yo sabiéndolo y evaluándolo con el instinto desnudo de ese autoconocimiento o, acaso, con la sospecha de que puedo privarme de algunas cosas pero no de todas y de ninguna manera de otras. Sabiendo que hay privaciones que me resultan insoportables. Hubiese podido tragarme el Suchard entero. Hubiese podido comérmelo a mordiscones. Hubiese podido dividirlo en sus seis bloquecitos e ir comiéndolos de a uno. El abanico de posibilidades cuando está por mirar su programa favorito y tiene a su disposición su chocolate favorito es amplio y lleno de matices. Yo optaba por&#8230; chuparlo. Prefería perderme la gloria del cereal crujiente estallándome entre los dientes, prefería perderme la posibilidad de llenarme la boca de chocolate y quedarme después paladeándolo y rastreando sus vestigios en secretos lugares entre la lengua y las encías. Optaba, así, por canjear la intensidad del mordiscón por la seguridad de la lamida. Esa era mi manera de anticiparme a la insatisfacción y de espantarla.<span id="more-65"></span></p>
<p>No sentía que estaba pagando ningún costo. No lamentaba no tener tres Suchards ni que el tamaño del Suchard no se adaptara a la media hora de Capitán Piluso. Me hago acordar a esa frase de mionca porteño: “No tengo todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo”. Ahora, escribiéndolo, advierto en esa maniobra dilatoria de la lamida una clave para vérmelas después con otras cosas que me gustan y pueden terminarse. Con lo que deseo y falta. Con lo que adoro y se va. No era, la lamida del Suchard, trampa sino estrategia. Rara estrategia, es cierto. Qué loca. ¿A quién se le ocurre chupar un chocolatín durante media hora y recién después atreverse a morderlo? ¿Qué otras cosas habré lamido lánguidamente, más que gozando evocando el goce, casi esquivándolo, a cambio de quedarme a salvo del papel de aluminio vacío entre las manos?<br />
A eso me manda la insatisfacción. No hay insatisfacción sin una expectativa. No hay idea de vacío sin idea previa de lo lleno.</p>
<p>Y hay combates. Feroces combates que se libran en lo más profundo de cada cual para que lo lleno quede lleno, para seguir eludiendo el vacío o haciéndolo tolerable. Combates lastimosos y a veces invisibles para que la plenitud sea algo más que un lamparazo mientras nos sacan La Foto de la Vida.</p>
<p>Scott Fitzgerald escribió en alguno de los artículos del Cruck Up que no hay ningún sentimiento humano tan instransferible como la vitalidad. Siempre leí, cuando él escribe “vitalidad”, la sensación contraria a la insatisfacción. Porque la vitalidad no es otra cosa, creo, que la confianza en uno mismo y en la propia fuerza para revertir el vacío en algo lleno. La vida, dice él, es un camino a la demolición. La vida hace que se los chocolatines se terminen. Que lo que hoy o lo que ahora es dicha o capullo transmute en recuerdo o en podredumbre. No se puede vivir sin vitalidad, y esto es: no se puede vivir sin estar preparado para las pérdidas y sin fe en que tras esas pérdidas habrá nuevas y mejores oportunidades.</p>
<p>El insatisfecho es un esperanzado, porque espera siempre algo mejor. Pero también es un desesperanzado, porque espera en vano. Puede que un lamparazo nos saque La Foto de la Vida, pero esa foto es inmóvil. Cuando se apaga el lamparazo las sonrisas se borran, las pieles envejecen, los amores acaban, las calenturas se enfrían, las flores se marchitan. Y es ley.<br />
Pese a mis maniobras dilatorias con los placeres, no pude evitar, naturalmente, que la insatisfacción me diera su puñetazo en el estómago. La conozco. Es temible. Pero no soy habitué de esos barrios en los que las mejores casas nunca están en alquiler. Sí frecuento gente que vive en esos barrios. Y es como si vivieran a la intemperie. Los insatisfechos crónicos viven del recuerdo, pero del recuerdo de lo que nunca sucedió. Parecen prendidos a la teta extinguida de una diosa que alguna vez los alimentó y en la que ellos tuvieron fe. Hay algo religioso en los insatisfechos. Viven con un romanticismo del que yo carezco. Hay algo religioso en la manera en la que se aferran a la idea de la perfección, y en el desdén con el que rechazan lo imperfecto.<br />
“Pensaba a veces que aquellos eran, sin embargo, los días más felices de su vida, la luna de miel, como la gente la llamaba. Para saborear sus dulzuras seguramente habría que haber puesto el rumbo hacia esos países de nombre sonoro donde los días que siguen a la boda propician la más suave languidez. En sillas de posta bajo cortinitas de seda azul, se sube al paso por senderos escarpados, mientras se escucha la canción del cochero que deja su eco por las montañas (&#8230;).<br />
Por la noche, solos los novios, con los dedos entrelazados en la terraza de una villa, hacen proyectos mirando las estrellas. Le parecía que en algún sitio de la tierra se tenía que dar la felicidad, como una planta oriunda de aquel suelo y que en cualquier otro lugar prospera mal (&#8230;). Hubiera deseado tal vez poder hacerle a alguien aquellas confidencias, pero, ¿cómo podía hablar de un malestar inaprensible que cambia de apariencia como las nubes y forma remolinos como el viento?”</p>
<p>Es al principio del capítulo 7 que Emma Bovary descubre que ella jamás irá a ninguno de esos países en los que “se tenía que dar la felicidad”, como una planta natural de esos suelos. Ella jamás irá, ella jamás olerá esos perfumes. ¿Son esos países en los que crece la planta de la felicidad los que quedan lejos de Emma, o es Emma la que lleva en sí misma la lejanía? Ella quería hacer coincidir su propia vida con escenas, olores, texturas, paisajes, ritos y nombres que no existían más que en su imaginación. Ella llevaba esos países dentro de sí, como una epifanía abortada. Por eso mantiene su malestar en secreto. Porque sabe que ese malestar no tiene nombre o que si tiene un nombre es Emma. No es que le faltara algo. Es que lo real le sobraba.<br />
Aunque no soy habitué de esos barrios en los que las mejores casas nunca están el alquiler, la primera ves que leí Madame Bovary supe un libro piadoso. Hay que compadecer a los insatisfechos. Y también hay que compadecer a las pobres niñas pragmáticas que lamen sus chocolatines en lugar de comérselos, porque administran sus placeres para no quedarse sin ellos, y jamás se entregan a ninguno en cuerpo y alma, con total avidez.</p>
<p>A la insatisfacción se la convoca o se la elude. La insatisfacción siempre nos habla de lo pobres que somos.</p>
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		<title>Todos duermen</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Nov 2006 06:00:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(del libro Perdonen nuestros placeres) Nos despertamos y qué rabia, es tan temprano. Hacemos cuentas en duermevela: podríamos dormir una o dos horas más. Pero no hay caso. Y sigilosas, salimos de la cama. Todos duermen. Hacemos magia con los picaportes, las escaleras, las celosías. Somos mimos que se desplazan por la casa con los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(del libro Perdonen nuestros placeres)</p>
<p>Nos despertamos y qué rabia, es tan temprano. Hacemos cuentas en duermevela: podríamos dormir una o dos horas más. Pero no hay caso. Y sigilosas, salimos de la cama. Todos duermen. Hacemos magia con los picaportes, las escaleras, las celosías. Somos mimos que se desplazan por la casa con los movimientos más ligeros y leves. Ya no importa estar despiertas. O mejor dicho: qué dicha ver por la ventana el espectáculo anaranjado del amanecer. Miramos la cafetera, que descansa sobre el fuego. El silencio es tan intenso que hasta esa llama tan pequeña se puede oír. Ya con la taza de café en las manos aspiramos el perfume de la vigilia.</p>
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		<title>Angelito</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Oct 2006 06:00:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[página 12]]></category>
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		<description><![CDATA[Yo había sido un ángel tan pero tan gordo, que se cayó de la nube en la que estaba y fue a dar con sus alas rotas (hubo que podarlas) justo encima de la cama de mis padres. Esa fue la explicación que durante mi primera infancia intentó satisfacer mi curiosidad acerca de cómo venían [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20061013/titulares/NA01FO01.JPG" />Yo había sido un ángel tan pero tan gordo, que se cayó de la nube en la que estaba y fue a dar con sus alas rotas (hubo que podarlas) justo encima de la cama de mis padres. Esa fue la explicación que durante mi primera infancia intentó satisfacer mi curiosidad acerca de cómo venían los niños al mundo. Una pura cuestión de obesidad angelical.</p>
<p>Después siguieron las confusiones. Cuando estaba en tercero o cuarto grado, Alex, que todavía hoy es mi amigo, me acompañaba todos los días a mi casa, caminando esas siete cuadras, y un día me dio un beso. Durante cierto tiempo estuve en vilo, ya que después del beso Alex me confesó que a raíz de su arrebato yo podía haber quedado embarazada.</p>
<p>Ese incidente fue tremendo, porque yo ya tenía una idea de mí bastante inquietante. Me tocaba, es más: un día me descubrieron con algo entre las piernas y no era cualquier cosa (ahora que lo pienso tengo que informárselo a mi actual analista): era con el Lo sé todo, que tenía un lomo importante. Me llevaron al médico, porque mis padres consideraron que esa conducta no era normal y aunque yo no había escuchado jamás hablar de masturbación y, en consecuencia, no tenía la menor idea de que me masturbaba, el solo hecho de que me hubieran llevado al médico, igual que cuando tenía fiebre o dolor de panza, me indicaba que aquellas cosquillas eran igualmente insanas.<span id="more-109"></span></p>
<p>En séptimo grado vinieron las señoritas de Johnson &#038; Johnson a dar la argentinísima charla de educación sexual, a niñas y niños por separado, y que consistió en mostrarnos un dibujo de las trompas de Falopio y en recomendarnos que fuéramos lo más higiénicas posible cuando nos llegara la menstruación. A mí me había llegado un año y medio antes y, como nadie me había explicado nada, primero me asusté y después me enchastré, lloré, me acomplejé, en fin, aprendí que aquello era un secreto que no podía compartir con nadie.</p>
<p>Hacia el final de la secundaria todavía nadie tenía relaciones sexuales, sólo explosivas y prolongadas franelas que una no sabía exactamente cómo frenar. Pero era una, es decir la chica, la que debía ponerles fin, como si nos gustara menos, como si no lo disfrutáramos, como sacándonos de encima al chico que pretendía “eso” de nosotras. Era común en mi grupo que los chicos tuvieran novia y al mismo tiempo relaciones sexuales con una “puta”, que en general no era puta rentada sino chica ligera, de la que se proveían merodeando otros grupos y a la que descalificaban inmundamente, a la que despreciaban porque “lo hacía”.</p>
<p>Bien: y resulta que después había que ser multiorgásmica y tener punto G. ¿Cómo? Remontando ese barrilete de plomo que nos habían metido en la cabeza.</p>
<p>No es que no hayamos recibido educación sexual, qué va. Siempre hubo educación sexual. La nuestra se basó, naturalmente, en hacernos temerle al sexo, en inculcarnos la represión como la forma digna de sobrellevar esos bajos instintos.</p>
<p>Nos educaron para que no gocemos. Fuimos gente joven artificialmente alterada para vivir su sexualidad inconfortablemente. Hoy tengo una hija de catorce años, y deseo para ella exactamente todo lo contrario.</p>
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		<title>Dormir acompañadas</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Oct 2006 06:00:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(del libro Perdonen nuestros placeres) Sumergirse de a poco en el agua del sueño. Pero antes, o mientras tanto, mientras nos sumergimos, los pies buscan sus pies. La piel de los dedos de los pies empieza a acariciar la superficie tibia de otra piel. Este abrazo comienza de abajo para arriba. Y sube. Nos entregamos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(del libro Perdonen nuestros placeres)</p>
<p>Sumergirse de a poco en el agua del sueño. Pero antes, o mientras tanto, mientras nos sumergimos, los pies buscan sus pies. La piel de los dedos de los pies empieza a acariciar la superficie tibia de otra piel. Este abrazo comienza de abajo para arriba. Y sube. Nos entregamos a esa deriva. Y cuando el sueño comienza a masticarnos, nos dejamos masticar porque no muerde. Nos dormimos abrazadas a él. Así está bien.</p>
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		<title>Dormir solas</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Sep 2006 06:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(del libro Perdonen nuestros placeres, editado por V&#038;R) La cama es un mundo que es nuestro. Somos dueñas esta noche de sus leyes. Somos soberanas con laureles de esta sábana blanca que huele a azahar. Antes de dejarnos doblegar por el sueño, somos felices. Brevemente. Discretamente. Nadie nos obedece, no obedecemos a nadie. En esta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(del libro Perdonen nuestros placeres, editado por V&#038;R)</p>
<p>La cama es un mundo que es nuestro. Somos dueñas esta noche de sus leyes. Somos soberanas con laureles de esta sábana blanca que huele a azahar. Antes de dejarnos doblegar por el sueño, somos felices. Brevemente. Discretamente. Nadie nos obedece, no obedecemos a nadie. En esta cama no hay ningún juego de poder. Qué bella manera de descansar.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>El álbum de fotos</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Aug 2006 06:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(del libro Perdonen nuestros placeres) Las hemos ido tomando, las hemos ido guardando, por ejemplo, en este álbum: las fotografías tienen siempre una pretensión que cumplen, acaso, una sola vez. Una sola y magnífica vez. Porque los álbumes de fotos germinan en las casas como semillas casi inevitables, buscando dejar constancias, eternizar momentos, hacerle trucos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(del libro Perdonen nuestros placeres)</p>
<p>Las hemos ido tomando, las hemos ido guardando, por ejemplo, en este álbum: las fotografías tienen siempre una pretensión que cumplen, acaso, una sola vez. Una sola y magnífica vez. Porque los álbumes de fotos germinan en las casas como semillas casi inevitables, buscando dejar constancias, eternizar momentos, hacerle trucos al olvido. Pero en una vida hay muchos más momentos para fotografiar que instantes en los que mirar fotografías. Y es todavía más escaso ese momento justo, preciso como una pieza de reloj antiguo, en el que capturamos en nosotras la predisposición del alma para mirar fotografías. Si aparece, los ojos se conectan con esos seres que están ahí –acaso nosotras mismas, antes–, y el pasado vuelve, nos envuelve, nos devuelve.</p>
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		<title>El pan crocante</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Jul 2006 06:00:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(del libro Perdonen nuestros placeres) Hay que ir por él. Hay que salir a buscarlo. Cada una de nosotras sabe dónde. No se trata de pan a secas –esta vez, que no intervengan ni el freezer ni el microondas– sino de pan crocante, de pan tibio, de ese pan que se huele desde lejos, que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(del libro Perdonen nuestros placeres)</p>
<p>Hay que ir por él. Hay que salir a buscarlo. Cada una de nosotras sabe dónde. No se trata de pan a secas –esta vez, que no intervengan ni el freezer ni el microondas– sino de pan crocante, de pan tibio, de ese pan que se huele desde lejos, que exuda ese calor que es un llamado.</p>
<p>Tal vez no lo hagamos muy a menudo, porque todas sabemos: el pan nos ha sido expropiado a las mujeres como tantas otras cosas milagrosas. El pan engorda. Es una máxima femenina y forzada. Una letanía mental que nos repetimos sin siquiera apelar a pensamientos.<span id="more-19"></span></p>
<p>No, pan no, no, no gracias. Galletitas. Si son sin sal, mejor. Así es la vida cotidiana y así es como hemos aprendido a domesticar nuestros angostos paladares. Pero acaso sea precisamente porque el pan forma parte de nuestros placeres recortados que sabemos perfectamente dónde queda ese lugar pequeño o grande, célebre o todavía no descubierto en el que venden el mejor pan del mundo, la hogaza celestial que yace en el estante llamándonos con su perfume a levadura y su vestido de oro. Y a veces, mandamos al demonio las dietas y las restricciones, y –casi siempre una mañana, casi siempre temprano, aún medio dormidas, empapadas de sueño y de ese antojo– decidimos ir por él. Pareciera, esas veces, que no es la boca la que pide pan, sino el carácter. Nuestro carácter pide un desayuno cierto, concreto, soberano.</p>
<p>En la panadería lo miramos. Es él. Redondo para ser cortado en rebanadas blandas que nos envíen a un campo de girasoles, o alargado para ser abierto en mitades parisinas que nos hagan viajar mientras él cruje. Lo elegimos, lo pagamos, lo llevamos como a un niño, entre los brazos, sentimos el imperio de su consistencia.</p>
<p>Y ya en casa, lo probamos. Con la más dulce de las jaleas o el más digno de los quesos, mordemos su corteza, accedemos a su corazón. Lo blando y lo crocante nos es dado.</p>
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		<title>El baño caliente después del trabajo</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Jun 2006 06:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(del libro Perdonen nuestros placeres) Fue un día largo, espinoso. Hubiésemos preferido ir de aquí para allá en cámara lenta, o en todo caso quedarnos quietas, porque hoy estamos frágiles, víctimas de una de esas penas del alma que atacan sin aviso. Pero hemos sucumbido a la tormenta de sucesos, peregrinaciones y rituales que ejercemos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(del libro Perdonen nuestros placeres)<br />
Fue un día largo, espinoso. Hubiésemos preferido ir de aquí para allá en cámara lenta, o en todo caso quedarnos quietas, porque hoy estamos frágiles, víctimas de una de esas penas del alma que atacan sin aviso.</p>
<p>Pero hemos sucumbido a la tormenta de sucesos, peregrinaciones y rituales que ejercemos porque somos adultas, y una mujer adulta es alguien que no obedece a su impulso sino a su agenda. Hemos librado nuestras batallas ínfimas en bancos, en oficinas, en comercios, en subterráneos, en transportes, y hemos vuelto, por fin hemos vuelto a casa. Pero nos huele mal en la ropa y en el cuerpo todo lo no elegido. Nos desnudamos y nos preparamos un baño. El concierto del agua se abre paso hacia nuestros oídos mientras los ojos se dejan nublar por el vapor. Ahí vamos, desprovistas de todo menos de nuestra naturaleza, a bautizarnos en el baño caliente. ¿Será posible este renacer hoy, recuperar este día? En el agua caliente es que queremos borrar lo que hemos hecho sin convicción, y rehacernos un poco más convincentes.</p>
<p>Nos quedamos inmóviles. Buscábamos esto. La dulce inmovilidad en la pecera, este otro tipo de limpieza.</p>
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		<title>¿Ahí abajo también?</title>
		<link>http://www.sandrarusso.com.ar/2006/03/18/%c2%bfahi-abajo-tambien/</link>
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		<pubDate>Sat, 18 Mar 2006 06:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esto es el colmo. ¿También ahí hay que rejuvenecer? ¡También ahí hay que rejuvenecer! De las cirugías de vagina se viene hablando por estos lares desde que Alejandra Pradón eligió ese retoque en el programa Transformaciones. La mujer que salvó su vida después de caer de un séptimo piso quiso volver al quirófano para retocarse [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20060318/notas/NA32FO01.JPG" />Esto es el colmo. ¿También ahí hay que rejuvenecer? ¡También ahí hay que rejuvenecer!</p>
<p>De las cirugías de vagina se viene hablando por estos lares desde que Alejandra Pradón eligió ese retoque en el programa Transformaciones. La mujer que salvó su vida después de caer de un séptimo piso quiso volver al quirófano para retocarse abajo, puesto que los ajetreos de la vida, parece, a algunas mujeres las vuelven ¿anchas?, ¿cilíndricas?, ¿circunferenciales?, ¿redondas como aseguraba Colón que era la Tierra? ¿Huecas del todo?</p>
<p>Las vueltas de la vida nos hacen, parece, ¿demasiado continentes para lo que hay de contenido?, ¿demasiado hondas como para dar miedo?, ¿demasiado cóncavas para lo convexo?, ¿demasiado blandas para ofrecer la resistencia justa?</p>
<p>Hace ya unos años, cuando todavía los Monólogos de la vagina recorrían el mundo y coros de mujeres de todas las edades coreaban “¡vagina, vagina!” a voz en cuello (y no de útero), como liberando siglos de secretos, estas cirugías todavía no se habían puesto de moda y, pobre Eve Ensler, lo que se perdió. Achicarse la vagina, se habrá visto. ¿Qué será Bamba, el almohadón vaginal que hizo famoso la sexóloga Alessandra Rampolla? ¿Joven o madurito? ¿Serán las formas de Bamba las de una vagina promedio o tendrá el aspecto de una buena vagina joven o en todo caso las de una vagina rejuvenecida y retocada?<span id="more-70"></span></p>
<p>Hay que aclararlo: esta operación estética de última generación se bifurca en dos direcciones. Hacia fuera, en lo visible, en los labios, aniñándolos y poniéndolos rozagantes. Hacia adentro, en lo invisible, estrechando paredes. Se han escuchado testimonios de mujeres que afirman que después de “estrechársela” gozan más. Andá.</p>
<p>Pero el colmo, según un artículo de Los Angeles Times, es que las candidatas al rejuvenecimiento vaginal llegan al consultorio del cirujano con la foto de la que quieren: la de actrices porno o escorts de caras obviamente desconocidas modelan sus partes para que sean copiadas. Hay novios y maridos que señalan, con la hoja de la revista ya recortada:</p>
<p>–Hacete ésta.</p>
<p>Y ellas van, seguramente con la susodicha bien fruncida, a lograr que labios mayores y menores se retraigan, a que las cavidades por las que tal vez salieron niños se contraigan, a que las modifiquen de manera tal de poder gatear con la luz encendida ante esos novios o maridos que seguirán teniendo en mente siempre otra cosa, porque, querida, tu vagina es tu trinchera, tu pasaporte, tu currículum, tu salvoconducto, tu zona fronteriza, tu carnet, tu cara en el espejo en el que nunca te mirás, tu religión sin dioses; tu vagina es santa.</p>
<p>A la época ahora se le ha dado por meterse incluso ahí, en ese lugar reservado hasta ahora para muy pocas cosas. Llevamos siglos, las mujeres, repitiendo que ese lugar no es exclusivamente la vía por la que las que quieren y pueden se convierten en madres. Llevamos siglos intentando reivindicar ese portal del cuerpo femenino como el accidente físico que nos ha sido dado, y muy bien dado, para acceder al placer. Y vean lo que pasa cuando parece que media batalla está ganada: la vagina, ya definitivamente sexuada, ya herramienta de frenesí y deleite, se vuelve carne de bisturí, carne sangrante, carne dolorida y sufriente, insatisfecha, deformada, envejecida, y esa vagina presuntamente triunfante por sobre aquella otra, la que sólo tenía por destino una sala de partos, vuelve a internarse en la extravagancia médica y en el abuso patriarcal, y hay que tenerla despierta pero angosta como si ella no supiera nada de la vida y fuera, ella, la vagina sexuada, una colegiala que se resiste al beso, una histeriquita que dice “no, no, no, que me duele”, pero que se ha tomado el trabajo de sufrir para estar dispuesta aparentando no estar disponible.</p>
<p>Desde tiempo inmemorial el entrecruzamiento de poderes reinantes en diferentes culturas destinó al sexo femenino la sentencia del dolor y la culpa. En países musulmanes africanos todavía hoy, diariamente, en aldeas perdidas, niñas de doce o trece años padecen la ablación del clítoris. No hace falta desentrañar demasiado esas costumbres ancestrales y sanguinarias para advertir la condena al goce femenino. En Occidente, los castigos adoptaron otras formas, más abstractas pero no menos eficientes. La culpa, trabajada artesanal y largamente; el prejuicio, diseminado sin ahorro; la ignorancia, siempre multiplicada incluso cuando adopta el disfraz de información. Discernir entre el sexo reproductor y el sexo placentero tomó siglos. Formular el concepto de “derechos sexuales” también tomó siglos. Solamente el sexo seguro puede ser placentero, y todavía, para millones de mujeres, el sexo no es seguro.</p>
<p>Y en los ínfimos segmentos privilegiados de las sociedades contemporáneas en los que las mujeres podrían ahora disfrutar de su sexualidad, surgen ya estos desvíos que vuelven a llevar a la vagina a su zona de riesgo, a su frontera con el dolor. Y algunas caen en la trampa.</p>
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