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[El libro Fuerza propia. La Cámpora por dentro, de Sandra Russo, que la editorial Debate distribuye esta semana, incluye dos largas conversaciones con el hijo de dos presidentes. En los siguientes extractos aparecen su concepción de la política, los objetivos de la organización y su visión sobre los principales temas de la actualidad nacional.]

El 27 de octubre de 2010 murió su padre. Y lo que ellos ya estaban construyendo desde hacía años se hizo voluminoso. No se generó de la nada, sino con lo que ya se había hecho en los seis años anteriores. Pero en la mirada pública, los jóvenes salieron de debajo de la alfombra.

Si uno entra a la página oficial del PRO y hace click primero en “Senadores” y después en “Gabriela Michetti. Conocé más…”, se encuentra con el mismo texto que ella lee en el spot que la tuvo como exclusiva protagonista, puesta a recuperar, y con éxito, aquel aura con el que había ingresado al primer plano político cuando acompañó a Mauricio Macri en la fórmula y fue su primera vicejefa. En aquella primera gestión de 2007, sin embargo, Michetti no tuvo la delegación de ejecutividad que exhibe hoy su sucesora, María Eugenia Vidal, ni su discurso quirúrgico, sus músculos blindados cuando, por ejemplo, salió a dar la cara después de la represión en el hospital Borda. La nutrida dirigencia femenina que nuclea el PRO ya tiene matices. En la gestión, Macri se ha recostado mucho más en su segunda vicejefa. Michetti es, en cambio, una promotora de las mismas políticas, pero decididamente se ubica en la dimensión “buena onda” de su partido, actualmente algo así como una versión cincuentona de Jugate Conmigo. La apuesta electoral porteña se jugó fuerte en la figura de Michetti, que encarna los orígenes de una imagen que será reforzada en lo inmediato, la de la “alternativa de país” de una derecha que se propone inofensiva, divertida y bien envasada.

Hubo mucho énfasis ayer, desde los canales de noticias, en subrayar que este tercer cacelorazo se diferenció de los dos anteriores por la nutrida presencia de los políticos opositores, que no fueron en representación de sus partidos sino a título personal. Dieron a los dos anteriores por “espontáneos” y concedieron en caracterizar a éste como “organizado” desde las redes sociales, pero “convocado” por la oposición, aunque otra de las consignas era “sin banderías políticas”. Mientras los intríngulis de cómo y por qué fue que salió tanta gente a la calle eran desgranados por los conductores de los noticieros, de fondo de veían carteles que básicamente decían “Basta de corrupción K”, “Basta de diktadura”, o “Juicio político ya”. El más visto fue “Justicia independiente”, y uno desde su casa asiente. Justo el miércoles la Cámara Civil y Comercial dio una perfecta muestra de un Poder Judicial impudorosamente dependiente de un grupo económico.

Cuando Cristina, muy seguido, habla de “El” en los actos, cuando lo invoca, cuando le rinde tributo o apela a su memoria, dirigentes y periodistas opositores la acusan de “endiosarlo”. En ese relato según el cual el kirchnerismo es “puro relato”, ella especula cuando habla de “El”, ella lo usa. Sus lágrimas son de cocodrilo, como sus carteras. En ese relato que termina indefectiblemente hablando de esta democracia como de una “dictadura” de la que hay que “liberarse”, El y Ella están solos en la cima, ella usando el recuerdo de él para satisfacer su lisa y llana ansia de poder.

Radiografía del año más duro en la vida de Cristina Fernández de Kirchner: cómo fue el recorrido desde la muerte del ex presidente a la arrasadora reelección. Las continuidades, los cambios y el papel de los jóvenes.

Hace casi un año –dentro de apenas tres días– esa mujer que desde 1975 se llama Cristina Fernández de Kirchner, se quedó repentinamente viuda. Aunque ella ha dicho que desde el primer día “sabía lo que tenía que hacer”, esto es, ser candidata a la reelección, entre tomar esa decisión y darle cauce con los resultados obtenidos ayer, hay un trecho que recorrió sola, con sus propios pasos, su propia experiencia y su intuición política. No dejó de invocarlo ni de llorarlo a Néstor, pero tampoco dejó de trabajar. El apego al trabajo siempre fue un rasgo de los dos, pero desde la muerte de él Cristina ha asegurado, en muchos discursos y en la práctica, “redoblar el esfuerzo”. No era una manera de decir.

EL PAIS › ADELANTO EXCLUSIVO DEL LIBRO LA PRESIDENTA, HISTORIA DE UNA VIDA, DE SANDRA RUSSO

Desde que llegó a la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner no dio ninguna entrevista a medios gráficos (la última fue a este diario antes de asumir) y sus contactos con los medios se redujeron aún más desde la muerte de Néstor Kirchner. Por eso, no es uno de los méritos menores de la autora de La Presidenta, historia de una vida, la indispensable biografía escrita por Sandra Russo que editorial Sudamericana distribuirá en librerías a partir del 1º de agosto, el haber conseguido concretar largos diálogos con CFK que le sirvieron tanto para afinar los resultados de su trabajo como para iluminar los momentos más importantes de la vida de la protagonista con su propia palabra. Una parte de esas definiciones presidenciales es lo que Página/12 adelanta a sus lectores. Así aparecen verdaderas revelaciones sobre su trayectoria, la relación que la unió y aún la une a Néstor Kirchner, su formación política, los momentos claves de su mandato (como la 125, la ley de medios, Fútbol para Todos, la estatización de las AFJP, el matrimonio igualitario) y hasta el relato de la última noche que pasó con Kirchner y lo que ella considera su legado.

La familia

El padre y la madre nunca se llevaron bien. Era una de esas tantas parejas que no se entienden. No tenían nada que ver el uno con el otro. “Nunca me puse a analizarlo demasiado”, dice Cristina, y yo me acordaré de esto cuando ella cuente, más adelante, su tropiezo con la psicología.

Lo había votado, pero a regañadientes. Se votaba sin esperanza. Ni siquiera uno llamaba traición a las traiciones. Eran más bien tradiciones, parecían como las vueltas de la vida o la humedad. Me acuerdo bien del 2003. Con que se fuera Duhalde estaba bien. Llorábamos a Kosteki y Santillán. Y la lucha cotidiana, desde mi trabajo, era intentar hacer ver a los desocupados como hombres y mujeres que hacían piquetes, no como piqueteros. Era hacer ver en los cartoneros a los desesperados, no a los ladrones potenciales.

En 2001 solía escucharse que algo no terminaba de morir y algo no terminaba de nacer. Con esa expresión nos era más inteligible la tensión extrema que vivíamos. En esa encrucijada se debatía un país tan acostumbrado a las crisis que aquélla, con su tropel de desgracias colectivas y personales, tardó en mostrar su verdadera dimensión. Lo que pasó fue tan border, tan límite, que quizá todavía estemos bajo estrés postraumático.

“No hay nada más triste que un tren inmóvil bajo la lluvia.” Ese micropoema de Neruda siempre se me quedó adherido a la memoria, quizá porque la imagen que trae a la cabeza es lo que golpea el recuerdo. Igual que este otro, que no es un micropoema, sino una microescena, que me tocó vivir en mi adolescencia, cuando los trenes eran del Estado, pero el Estado era de las Fuerzas Armadas. En un vagón solitario del Roca, viajando de la Capital a Quilmes, de noche, sentada y leyendo rompiéndome los ojos con esa media luz que iluminaba los vagones de esa época. Me distrajo un pibe que se paró en el pasillo a la altura de mi asiento. El pibe sacó una navaja de su bolsillo, abrió y comenzó a hacer unos cortes en la cuerina del asiento. No tuve tiempo ni para asustarme, como veo, ahora que lo escribo, que debería haber hecho. “Qué hacés”, le dije. El se encogió de hombros. Yo no me animé a decir más nada. No sabía qué decir en realidad. No tenía muy claro por qué estaba mal cortajear esos trenes de mierda a los que había que esperar horas, y en los que había que esperar horas cuando todos los días se paraban en algún tramo del recorrido. Eran los trenes a los que se subía el Ejército todas las mañanas para requisar a los estudiantes que viajaban en dirección a La Plata. Nadie los quería.

Termino de leer en el diario que Elisa Carrió llamó a una conferencia de prensa en la que advirtió que es posible que el gobierno de Cristina “no llegue a diciembre”. De un tiempo a esta parte, Carrió ha logrado con su conducta y su personalidad política algo insólito: imperceptiblemente, casi sin que nos demos cuenta del viraje de sentido de sus palabras, cuando Carrió advierte que es posible que (de no hacer lo que ella va creyendo con el correr de los meses que es lo correcto) no llegue a diciembre, uno lee que Carrió desea que el gobierno de Cristina no llegue a diciembre. Desplazada de la escena central en estos días, corrida a un ángulo desde el que ella convoca a los medios para seguir teniendo protagonismo y ni siquiera así, ocupando espacio, lo más interesante que genera ahora Carrió es la posibilidad de desnudez del ánimo que comparte con los dirigentes ruralistas. Un ánimo que se reparte entre las profecías de Carrió y las amenazas de los propietarios rurales.

Cuando los que hoy andamos por la mediana edad éramos chicos, viajar en avión era una iniciación que a veces se postergaba más que todas las otras. Todavía no existía siquiera la palabra globalización, y lo que quedaba lejos quedaba lejos del todo. De los aviones llegaban imágenes fascinantes, como las de los pilotos y las azafatas, que parecían seres en tránsito permanente y además conseguían perfumes y cigarrillos importados. Ser azafata o piloto de avión era una de las primeras cosas que se nos ocurrían cuando nos preguntaban qué queríamos ser cuando fuésemos grandes. Las azafatas con sus uniformes y sus valijitas con ruedas nos parecían, desde la mirada de los diez o doce años, mujeres un poco mundanas y al mismo tiempo respetables, con sus polleras por la rodilla y sus pañuelos de seda atados con gracia al cuello o despuntando del bolsillo del blazer. No eran mujeres, en todo caso, cuya mayor preocupación era qué hacer de cenar. En aquel imaginario prepúber, esas mujeres siempre sonrientes dormían una noche en París y la siguiente en Nueva York, en hoteles lindos y pagados por la compañía. Hablaban inglés y estaban siempre maquilladas. Así como en la Edad Media ser monja era un buen recurso para no casarse, en nuestras preadolescencias ser azafata parecía un buen recurso para viajar.

Esta semana el debate por Aerolíneas Argentinas promete comerse las noticias de la política nacional. Los ruralistas intentarán retener la atención mediática con nuevas arremetidas de protesta, pese a su publicitadísima victoria, que consistió en la derrota del proyecto oficialista. En esa dialéctica de victoria propia-fracaso ajeno se encuentra ahora instalada la oposición parlamentaria, cuya tarea legislativa parece centrada en imaginar proyectos consensuados cuya máxima excelencia no parece ser lograr mejores leyes, sino obstruir los proyectos que lleguen de ahora en más desde el Poder Ejecutivo. Mala señal y mala entraña aquella que ocupe a legisladores de cualquier signo buscando no el bien común sino el desgaste de una mayoría que ya mostró sus grietas y sus agujeros negros. Si un poder de la Nación se obnubila en la tarea de torcerle el brazo a otro, ningún debate será genuino, ni siquiera interesante: la gimnasia parlamentaria queda convertida, así, y ahora en términos literales, en un simple trámite, que era lo que horrorizaba a “la gente” hace apenas un mes. El trámite se llama: dime qué presenta el Ejecutivo y te diré a qué me opongo.

Ayer mucha gente preguntaba: ¿se va por muchas horas? ¿Tardará mucho Lugo en asumir? ¿No se quedará a la cena, no? Una consecuencia más, este viaje de la Presidenta, de todo lo que le dicta el corazón a Cobos: un chucho generalizado en la gente que ve con ojos no positivos al vicepresidente. El corazón tiene razones que la razón no entiende, de modo que bien puede dejarnos bien sonados en unas cuantas horas de eso que le gusta, eso que lo atrae tanto que no puede ocultarlo. El poder, aunque sea prestado.

“¡Yo puedo no estar de acuerdo con un periodista, pero no me voy a ir a las manos!”, decía Cecilia Pando, promediando el 2006, en una entrevista concedida a Para Ti, después de que en el acto organizado por la Comisión Permanente de Homenaje a los Muertos por la Subversión en Plaza San Martín, un grupito de adherentes moliera a golpes a un cronista del canal América. La nota se titulaba “El señor Pando”, en referencia al mayor retirado Pedro Mercado, su marido y el padre de sus siete hijos. Lo que tiene Para Ti es que logra meterse allí donde uno jamás podría. En este caso, el hogar Pando-Mercado, un “luminoso departamento de cuatro habitaciones ubicado en Belgrano”, donde esa linda familia numerosa pasa sus días, en ese barullo delicioso de peluches y cuadernos que suponen tantos críos. Después de todo, y en los antípodas de la familia numerosa light que habilita a Maru Botana a hacer la publicidad de yogures que refuerzan las defensas, los Pando-Mercado vienen a ser una familia numerosa con muchas calorías, pero que a tono con la época permite que la señora de casa se realice como activista y no se prive de expresarse públicamente.

La irrupción masiva de la idea de la redistribución de la riqueza no empezó con la Resolución 125. Empezó bastante antes. Promediaba el gobierno anterior y se decía, en los ámbitos progresistas, que innegablemente se había avanzado mucho en materia de derechos humanos, pero que Kirchner no había tocado la torta y sus porciones; que por sí misma la creación de empleo había modificado el dantesco paisaje de 2002 y 2003, pero que no había habido ningún cambio real en la redistribución del ingreso. Seguíamos y seguimos siendo hoy un país rico en el que la brecha entre los pocos de arriba y los muchísimos de abajo es, diríamos, escandalosa no ya en términos de ningún progresismo sino en los de lo que en los países desarrollados se entiende por “civilización”. Invertidos los tópicos sarmientinos, la civilización requiere mínimos estándares de equidad, en tanto la barbarie no es otra cosa, hoy, que los diseños bananeros que promueven las derechas locales.

La palabra anda por las bocas y los editoriales de algunos grandes medios, y a fuerza de ser repetida cobra cuerpo y se hace discurso. Ese discurso se acopla con otro, o mejor dicho, se casa con él: es el que encontró al vicepresidente Cobos como encarnación con chapa institucional como principal portavoz, aquella vez que dejó entrever su voto “no positivo” cuando declaró que había que “buscar consensos y no votos”. Esa declaración fue celebrada especialmente por la oposición, que estaba buscando desesperadamente votos y no consenso. Son los vaivenes, los pliegues de los discursos que se erigen masivamente para vestir eufemismos en los mejores casos, y para mentir descaradamente, en los peores. Quién sabe qué consenso pueden haber hallado entre sí y de cara al futuro y a la manera de hacer política, por ejemplo, Bullrich y Lozano, o Solá y Morales. Se ignora la amplitud o la profundidad de ese hipotético consenso, más allá de haber aunado, precisamente, votos.

Tengo que hablar con mi diariero, porque este sábado, sin que nadie se lo pidiera, tiró abajo de mi puerta La Nación y me amargó la mañana. De no haber sido por eso, me hubiese ahorrado leer, en la página 18, un título increíble: “La gente transformó la casa de Cobos en un virtual santuario”. La bajada decía: “Como a un ídolo, le dejan regalos, le tocan el timbre y lo acosan por teléfono”. Eso es lo que hace “la gente”. Abajo, pequeña, muy pequeña, otra nota: “Ruidosa protesta kirchnerista”, cuya bajada indicaba: “Un grupo oficialista hizo pintadas y le pidió que renunciara”. Los kirchneristas no son gente, sino parte, supongo, del zoológico al que hizo mención Llambías la semana pasada, sin que ningún analista de los diarios de mayor circulación ni de los programas periodísticos del cable considerara esa expresión racista, al menos, de poco feliz. Cobos tampoco. Su corazón parece que no le dictó nada al respecto.

Barack Obama fue caricaturizado agresivamente por The New Yorker y tanto demócratas como republicanos pusieron el grito en el cielo. The New Yorker se sintió en la obligación de aclarar el espíritu de la caricatura, a modo de disculpa. El turbante musulmán de Obama y el fusil que cargaba su esposa revolvieron el estómago norteamericano. Ese estómago será imperial pero, en materia de política interna, funciona con reglas claras. A las bananas las dejan crecer prolijamente fuera de su territorio. A nadie se le pasó por la cabeza que la crítica a una caricatura semejante sobre un candidato presidencial rozara la libertad de prensa. Hubiese sido ridículo. Tan ridículo como fue que aquí sí se hablara, en estos meses, de atentados a la libertad de prensa. Desde que comenzó este conflicto, los grandes medios no sólo han caricaturizado agresivamente a la Presidenta –y no me refiero sólo a aquella casi anecdótica caricatura de Sábat sino también a clips presuntamente chistosos que siguieron entreteniendo a la audiencia–, limando la institucionalidad del lugar que ocupa legítimamente. Confunden la libertad de prensa con el derecho al agravio. Los grandes medios han funcionado prácticamente como órganos de prensa y difusión de los sectores del campo afectados por las retenciones móviles. En ese sentido, esos medios han violado sistemáticamente el derecho a la información de los ciudadanos. Lamentablemente, y por su parte, la televisión pública se comportó como la televisión pública de cualquier otro país, menos de éste. Fue revulsivo ver esa pantalla el último sábado, cuando en un homenaje a Favaloro se exhibió en primer plano, atendiendo teléfonos, a Noemí Alan, cuya foto más recordada fue tomada en la ESMA, brindando con el Tigre Acosta.