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Discípulo de Billy Graham, encontró un nicho envidiable, el de predicarles a los hispanos de EE.UU. ese evangelismo de la prosperidad capitalista, el del ascenso espiritual y material. Sus festivales en el Obelisco permitieron observar en funcionamiento a sus “células” de “doce siervos” y el espectacular merchandising.

El sol todavía cae en picada sobre el enorme escenario montado en la 9 de Julio cuando Luis Palau, un rato antes de lo anunciado y con apenas una cuadra y media de audiencia acalorada, sale al escenario a hablarle al público infantil. Como todo el mundo sabe, el público infantil es más difícil de conquistar que el adulto. “¿Quién es el rey más superpoderoso de todo el mundo?”, pregunta Palau ante un auditorio que parece preferir seguir viendo payasos y bailarines y que no vitoreó su salida escénica. “¿Quién es el rey más todopoderoso de todo el mundo?”, repite. Si hay algo de lo que Luis Palau no se cansa, es de repetir las cosas. El público infantil y hasta los padres del público infantil titubean ante la pregunta. “Jesús”, dicen algunos. “Dios”, dicen otros. “¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Es Dios!” despliega su técnica el predicador. “¿A ver, los varones? ¡Dios! ¿A ver las nenas? ¡Dios!” No hay mucho entusiasmo. Es que al entusiasmo de Palau cuesta empardarlo. Parece conectado a un motor de energía permanente, autoseducido por sus dotes de orador multitudinario.

La escena me quedó en la memoria. Una pareja divorciada y con una hija de doce años en común se encontró en la Costa. El ex marido y padre de la niña pasó una noche porque no quería dejar de verla un mes entero. La ex mujer estaba recientemente casada en segundas nupcias: era entonces la mujer de otro hombre. El padre no pasó por la casa para buscar a la niña y llevarla a cenar con él. Tal vez ésa haya sido la idea, pero la ex mujer y su actual marido organizaron un asado para recibirlo y hospedarlo esa noche. Me invitaron al asado. Cuando llegué, las mujeres tomaban unos tragos en la cocina, y el actual marido y el ex marido de la mujer charlaban amigablemente mientras se ocupaban de la parrilla. Fue entonces cuando conocí el desapasionamiento en el sentido más positivo posible. No había ningún nudo de reproches o irritación entre los ex cónyuges. Seguían siendo el padre y la madre de la niña. Y lejos de tolerarse, se tenían mutuo respeto. ¿Un colmo de civilización? ¿Existen, en esta materia, colmos de civilización?

Lo vi hace poco, en el Teatro Alvear. Con Boy Olmi estábamos conduciendo la entrega de los premios Cultura Nación, que distinguió este primer año la trayectoria de veinte grandes nombres de la música y las artes plásticas. Antes de que se abriera el telón los premiados posaban para los fotógrafos. Era una fotografía fuerte. No voy a dar la lista porque es antinarrativo, pero diré: entre ellos estaba León Ferrari.

Explicar qué es el Protocolo de la Cedaw es más bien complicado, como son complicadas las instancias de veredictos supranacionales y las cumbres o encuentros en los que se dirimen cuestiones de género. En ellos, aunque la Iglesia Católica no participa, hace lobby para que los países aliados del Vaticano negocien por ella lo aceptable y lo no aceptable. Antes de cada cumbre o foro importante, se desarrollan discusiones a puertas cerradas para discutir el documento emergente, y en ellas salen a relucir lo que se conoce como “los corchetes del Vaticano”.

¿Por qué la Iglesia Católica está en contra del placer sexual? ¿Por qué encierra el presunto placer en un cuarto matrimonial en el que esposo y esposa yacen con la esperanza de procrear? ¿Por qué el sexo es un medio para gestar un hijo y no un fin en sí mismo? ¿Por qué sobre la sexualidad humana, desde San Agustín en adelante, se extiende la sombra cristiana, que adivina pecados inconcebibles en las pulsiones que no logran ser reprimidas ni sublimadas por un hombre o una mujer?

Esta semana, hablando con un cura católico y un rabino, les pregunté si la fe es una gracia, si es un don, porque yo quiero creer, pero no creo. En Dios no creo. Y cuesta caro no creer. Hay que sobrellevarlo. Tal vez sea la edad, tal vez con los años uno atraviesa situaciones más duras de lo que está preparado para soportar. Tal vez con la edad, por más que uno quiera, no se pueden evitar ese tipo de golpes que sólo suaviza la fe. Y es ahí cuando uno se pregunta si la fe es una gracia, y si es así, por qué no le ha sido concedida.

Corría 1940 y la Universidad de Nueva York se había quedado sin dos profesores de Filosofía. Surgió, como candidato, el nombre de Bertrand Russell, que estaba enseñando en la Universidad de California. Faltaba todavía una década para que a Russell le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura, pero su nombre ya estaba revestido con el más sólido de los prestigios. La Junta de Educación Superior de la universidad aprobó inmediatamente el nombramiento, fue hecha la oferta y fue aceptada. Russell iba a encargarse de tres cursos, que consistían básicamente en asociaciones entre Lógica, Matemáticas y Filosofía.