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Empezó el Mundial y, como cada cuatro años, las agendas locales bajan un escaño para darle lugar al Entretenimiento Perfecto que atraviesa transversalmente a la población global. La oportunidad sirve para apreciar en su verdadera dimensión qué significa una agenda periodística. “Subir” o “bajar” temas no implica que la relevancia de esos temas sea menor o mayor, sino que es el resultado de decisiones editoriales que a su vez “suben” o “bajan” la información sobre diversos acontecimientos sobre los que después se habla en la calle, en las casas, en los ascensores, en las oficinas, en fin, en la vida real de la gente común y corriente, que se entera de “lo que pasa” a través de los medios de comunicación.

[SANDRA RUSSO PRESENTO SU LIBRO FUERZA PROPIA. LA CAMPORA POR DENTRO.

La periodista estuvo acompañada por su colega Víctor Hugo Morales y el diputado Andrés “El Cuervo” Larroque, en una sala Jorge Luis Borges colmada. “Sabía que este libro iba a ser impugnado igual que su objeto de estudio”, afirmó.]

Por María Daniela Yaccar.

En la presentación del último libro de Sandra Russo, Fuerza propia. La Cámpora por dentro, la autora, Víctor Hugo Morales y Andrés “El Cuervo” Larroque se explayaron sobre diversos temas. Pero lo que sobresalió fue una intención compartida de definir qué es la política en estos tiempos y de quitar el estigma que algunos medios de comunicación derraman sobre la organización que es retratada en el libro editado por Debate. “La política es algo que parece exterior, pero el libro habla de un tipo de política que germina en lo más hondo de estos militantes. En ella vuelcan su tiempo libre, sus deseos y frustraciones”, sostuvo Russo, en uno de los tramos de la charla en la Feria del Libro, para luego subrayar que la de los miembros de La Cámpora es “una generación bisagra”.

Cuando Cristina, muy seguido, habla de “El” en los actos, cuando lo invoca, cuando le rinde tributo o apela a su memoria, dirigentes y periodistas opositores la acusan de “endiosarlo”. En ese relato según el cual el kirchnerismo es “puro relato”, ella especula cuando habla de “El”, ella lo usa. Sus lágrimas son de cocodrilo, como sus carteras. En ese relato que termina indefectiblemente hablando de esta democracia como de una “dictadura” de la que hay que “liberarse”, El y Ella están solos en la cima, ella usando el recuerdo de él para satisfacer su lisa y llana ansia de poder.

De pronto, uno tras otro, en catarata, empezaron a circular muchos discursos sobre el cuerpo femenino. Es muy interesante prestarles atención, porque en cada uno de ellos el cuerpo de las mujeres es un supuesto, en cada uno de ellos se puede rastrear el origen de una mirada religiosa. Pero si las mujeres realmente somos sujetos de derecho, ese derecho no puede ser confesional.

Radiografía del año más duro en la vida de Cristina Fernández de Kirchner: cómo fue el recorrido desde la muerte del ex presidente a la arrasadora reelección. Las continuidades, los cambios y el papel de los jóvenes.

Hace casi un año –dentro de apenas tres días– esa mujer que desde 1975 se llama Cristina Fernández de Kirchner, se quedó repentinamente viuda. Aunque ella ha dicho que desde el primer día “sabía lo que tenía que hacer”, esto es, ser candidata a la reelección, entre tomar esa decisión y darle cauce con los resultados obtenidos ayer, hay un trecho que recorrió sola, con sus propios pasos, su propia experiencia y su intuición política. No dejó de invocarlo ni de llorarlo a Néstor, pero tampoco dejó de trabajar. El apego al trabajo siempre fue un rasgo de los dos, pero desde la muerte de él Cristina ha asegurado, en muchos discursos y en la práctica, “redoblar el esfuerzo”. No era una manera de decir.

EL PAIS › ADELANTO EXCLUSIVO DEL LIBRO LA PRESIDENTA, HISTORIA DE UNA VIDA, DE SANDRA RUSSO

Desde que llegó a la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner no dio ninguna entrevista a medios gráficos (la última fue a este diario antes de asumir) y sus contactos con los medios se redujeron aún más desde la muerte de Néstor Kirchner. Por eso, no es uno de los méritos menores de la autora de La Presidenta, historia de una vida, la indispensable biografía escrita por Sandra Russo que editorial Sudamericana distribuirá en librerías a partir del 1º de agosto, el haber conseguido concretar largos diálogos con CFK que le sirvieron tanto para afinar los resultados de su trabajo como para iluminar los momentos más importantes de la vida de la protagonista con su propia palabra. Una parte de esas definiciones presidenciales es lo que Página/12 adelanta a sus lectores. Así aparecen verdaderas revelaciones sobre su trayectoria, la relación que la unió y aún la une a Néstor Kirchner, su formación política, los momentos claves de su mandato (como la 125, la ley de medios, Fútbol para Todos, la estatización de las AFJP, el matrimonio igualitario) y hasta el relato de la última noche que pasó con Kirchner y lo que ella considera su legado.

La familia

El padre y la madre nunca se llevaron bien. Era una de esas tantas parejas que no se entienden. No tenían nada que ver el uno con el otro. “Nunca me puse a analizarlo demasiado”, dice Cristina, y yo me acordaré de esto cuando ella cuente, más adelante, su tropiezo con la psicología.

Lo había votado, pero a regañadientes. Se votaba sin esperanza. Ni siquiera uno llamaba traición a las traiciones. Eran más bien tradiciones, parecían como las vueltas de la vida o la humedad. Me acuerdo bien del 2003. Con que se fuera Duhalde estaba bien. Llorábamos a Kosteki y Santillán. Y la lucha cotidiana, desde mi trabajo, era intentar hacer ver a los desocupados como hombres y mujeres que hacían piquetes, no como piqueteros. Era hacer ver en los cartoneros a los desesperados, no a los ladrones potenciales.

[ADELANTO DEL LIBRO MILAGRO SALA. JALLALLA: LA TUPAC AMARU, UTOPIA EN CONSTRUCCION, DE SANDRA RUSSO.

Militante social, organizadora barrial, activista en las zonas marginales de Jujuy, Milagro Sala resulta además una madre increíble, creadora de una notable familia extendida. Un retrato íntimo y una crónica que se presentan este viernes en la Feria del Libro.]

La mesa es una de las más largas en las que me he sentado. Son muchos caballetes alineados en el quincho. Es el primer domingo en mucho tiempo que Milagro pasa con toda su familia. Su familia es tan grande que siempre está presente pero también falta alguien. Milagro crió muchos hijos del corazón, y sigue haciéndolo. Ahora en su casa conviven con ella y con Raúl, su marido, siete chicos de entre ocho y trece años. Son chicos vitales, alegres. Andan nadando en la pileta, estudiando guitarra o flauta, mimando a los perritos que crían, mientras ellos son criados por esta mujer de piel oscura y este hombre de piel muy blanca que son sus padres del corazón. Esos chicos tienen madres que no pueden tenerlos, por diferentes motivos. Pero las visitan y mantienen esos lazos, alentados por Milagro. Ella, en cambio, fue abandonada y adoptada, y se enteró recién a los catorce. Entonces renació Milagro, infinitamente dolorida por la mentira y la verdad, y se perdió en las calles. Después se reencontró y empezó a construir su familia. Su familia hoy es enorme. Es la que llena esta mesa tan larga este domingo de tanto sol. Su familia son estos chicos con los que vive ahora y los otros, ya grandes, con los que ha vivido. Hoy están también sus otros hijos del corazón, los que adoptó cuando tenía veinte y algo. Ellos ya se han casado y tienen sus propias familias. Son doce. También tiene dos hijos biológicos, Sergio y Claudia, que a su vez tienen dos hijos: Catriel y Amaru. Este nieto de Milagro, Amaru, iba a ser otro de sus hijos adoptivos, pero apenas llegó a la casa, recién nacido, Claudia quedó prendada, abismada en su propio instinto maternal, y ahora es la madre de Amaru.

La autoconvocatoria del 678 Facebook del viernes pasado se prestó a muchas lecturas, aunque todavía no se hicieron tantas, dada la poca visibilidad mediática que tuvo. Una de las lecturas posibles es precisamente ésa: cómo un suceso invisibilizado por los grandes medios puede, no obstante, gravitar de otros modos novedosos en la circulación de mensajes de esta sociedad tan alterada.

La ley de medios audiovisuales es muchas cosas además de la herramienta que nos permitirá sumar a las voces que ya conocemos muchísimas otras. No es el control remoto el que nos da libertad. La información no se consume como una cerveza o un champú que se eligen en la góndola del supermercado. La ley tiene más que ver con la oferta de más góndolas conteniendo muchas otras variedades de pensamiento y puntos de vista, que con el zapping tradicional. Ese zapping no es, hoy, un pasaje a la diversidad. Sin ir más lejos, el multimedios más grande ha tachado a Telesur de sus ofertas. No está en la góndola. Los dueños del supermercado han decidido que esos contenidos no serán puestos a consideración del abonado. Si eso lo hiciera un gobierno, sería censura. Si lo hace el sector privado, ¿cómo se llama? La ley de medios es un pasaje al acto democrático de una especie que no hemos conocido. Representa de manera precisa, también y por oposición, qué tipo de democracia tuvimos. Tan apacible. Tan domesticada. Cada parche, cada decreto, cada reforma de la vieja ley de radiodifusión tuvo su correlato de democracia desdentada. El poder se viene concentrando igual que los medios, y su eje es el poder económico. Para ser solamente crítico de un gobierno, como prefiere el rubro del “periodismo independiente”, y como quisieron muchos ejes argumentativos durante el debate, primero hay que lograr que el poder político sea en este país lo suficientemente libre del poder corporativo.

La reacción airada de Daniel Scioli puso bajo otro foco a los “escraches” que los sectores patronales ruralistas vienen llevando a cabo casi sin interrupción desde el año pasado, pero que se intensificaron en la campaña electoral de la que esos mismos sectores participan con sus propios candidatos. Esos ataques de presuntos autoconvocados –a esta altura es obvio que son la fuerza de choque de las que las entidades rurales no se hacen cargo, pero alientan– ya habían dado vuelta la lógica del escrache. Nacidos como intervenciones públicas en casos de violaciones a los derechos humanos que habían quedado impunes por las leyes de punto final y obediencia debida y los indultos, los escraches ya habían sido simbólicamente violentados por los sojeros, pese a que ganaron la puja por la 125. Pero ahora, esos escraches contra natura, además, siembran violencia física en la campaña de la que participan sus dirigentes. Mientras tanto, en la vida cotidiana, esa violencia física, que la derecha más encumbrada y adinerada siembra en la vida pública, reapareció en Lanús, asociada a la extrema barbarie a la que son afectas las clases medias bajas encendidas por los medios de comunicación. La transmisión en directo que TN hizo del conflicto entre vecinos en el que fue asesinado un chico de 16, fue un colmo de información tendenciosa y distorsionada.

Repaso mi cuaderno de notas y encuentro el mapa que hizo Débora Arisi, brasileña, antropóloga, ojos bien abiertos y celestes. A un costado de la carpa donde mujeres indígenas hacían un homenaje a la tierra ofreciéndole semillas, estábamos conversando con Jorge (léase yogyi) y Waki, jefes marubo y mayoruba, respectivamente. Son dos de las comunidades más grandes de la Amazonia, donde viven casi 300 etnias distintas. Un rato antes, yo estaba sentada en una de las gradas, con un aparatinho, así decía el locutor, del que “salían las voces de las traductoras”. El mío no andaba, y es que fallan muchas veces. Una mujer joven, con la cara limpia, se paró delante de mí para leer mi credencial, que decía “Imprensa”. Mi nombre y mi medio habían estado escritos con birome roja, que se fue destiñendo lluvia tras lluvia.

Pertenezco a la generación que todavía guarda, muy en el fondo de sus percepciones e interpretaciones en común, una idea enigmática del cuarto oscuro. Somos los que pasamos todo el secundario en dictadura. En esa época en la que la política empieza a ser algo discernible y, según los tiempos y las personas, algo sucio o apasionante, yo escuchaba en una universidad pública a un profesor de latín ordenar a la clase entera encomendarse al arcángel San Gabriel.

Cuando los que hoy andamos por la mediana edad éramos chicos, viajar en avión era una iniciación que a veces se postergaba más que todas las otras. Todavía no existía siquiera la palabra globalización, y lo que quedaba lejos quedaba lejos del todo. De los aviones llegaban imágenes fascinantes, como las de los pilotos y las azafatas, que parecían seres en tránsito permanente y además conseguían perfumes y cigarrillos importados. Ser azafata o piloto de avión era una de las primeras cosas que se nos ocurrían cuando nos preguntaban qué queríamos ser cuando fuésemos grandes. Las azafatas con sus uniformes y sus valijitas con ruedas nos parecían, desde la mirada de los diez o doce años, mujeres un poco mundanas y al mismo tiempo respetables, con sus polleras por la rodilla y sus pañuelos de seda atados con gracia al cuello o despuntando del bolsillo del blazer. No eran mujeres, en todo caso, cuya mayor preocupación era qué hacer de cenar. En aquel imaginario prepúber, esas mujeres siempre sonrientes dormían una noche en París y la siguiente en Nueva York, en hoteles lindos y pagados por la compañía. Hablaban inglés y estaban siempre maquilladas. Así como en la Edad Media ser monja era un buen recurso para no casarse, en nuestras preadolescencias ser azafata parecía un buen recurso para viajar.

En el banco, frente a las ventanillas, había tres colas y ninguna era muy larga, pero la de la izquierda estaba casi desierta. Era la que estaba disponible para los clientes VIP. Llegué y leí los tres letreros: VIP, Personas y Empresas. Hice un rápido repaso mental sobre mi propia condición y me paré en la de Personas. Delante de mí, último en esa fila, acababa de ubicarse un hombre alto, apenas canoso pero de aspecto juvenil, vestido con jeans y campera de montañista. Colgaba de su espalda una mochila de una marca muy cara, que le daba un aire de turista o extranjero; supuse que era un hombre de paso por ese microcentro atestado de mediodía. Ni tuve tiempo de pararme con todo el peso en una de mis piernas, que es lo que uno hace cuando se autoacomoda en una cola de banco atrás de una docena de personas. Llegó otro hombre, más viejo y trajeado, que sobre mi oído preguntó:

–¿Las tres colas son iguales? ¿Por qué en ésta no hay nadie?

Tengo que hablar con mi diariero, porque este sábado, sin que nadie se lo pidiera, tiró abajo de mi puerta La Nación y me amargó la mañana. De no haber sido por eso, me hubiese ahorrado leer, en la página 18, un título increíble: “La gente transformó la casa de Cobos en un virtual santuario”. La bajada decía: “Como a un ídolo, le dejan regalos, le tocan el timbre y lo acosan por teléfono”. Eso es lo que hace “la gente”. Abajo, pequeña, muy pequeña, otra nota: “Ruidosa protesta kirchnerista”, cuya bajada indicaba: “Un grupo oficialista hizo pintadas y le pidió que renunciara”. Los kirchneristas no son gente, sino parte, supongo, del zoológico al que hizo mención Llambías la semana pasada, sin que ningún analista de los diarios de mayor circulación ni de los programas periodísticos del cable considerara esa expresión racista, al menos, de poco feliz. Cobos tampoco. Su corazón parece que no le dictó nada al respecto.

Barack Obama fue caricaturizado agresivamente por The New Yorker y tanto demócratas como republicanos pusieron el grito en el cielo. The New Yorker se sintió en la obligación de aclarar el espíritu de la caricatura, a modo de disculpa. El turbante musulmán de Obama y el fusil que cargaba su esposa revolvieron el estómago norteamericano. Ese estómago será imperial pero, en materia de política interna, funciona con reglas claras. A las bananas las dejan crecer prolijamente fuera de su territorio. A nadie se le pasó por la cabeza que la crítica a una caricatura semejante sobre un candidato presidencial rozara la libertad de prensa. Hubiese sido ridículo. Tan ridículo como fue que aquí sí se hablara, en estos meses, de atentados a la libertad de prensa. Desde que comenzó este conflicto, los grandes medios no sólo han caricaturizado agresivamente a la Presidenta –y no me refiero sólo a aquella casi anecdótica caricatura de Sábat sino también a clips presuntamente chistosos que siguieron entreteniendo a la audiencia–, limando la institucionalidad del lugar que ocupa legítimamente. Confunden la libertad de prensa con el derecho al agravio. Los grandes medios han funcionado prácticamente como órganos de prensa y difusión de los sectores del campo afectados por las retenciones móviles. En ese sentido, esos medios han violado sistemáticamente el derecho a la información de los ciudadanos. Lamentablemente, y por su parte, la televisión pública se comportó como la televisión pública de cualquier otro país, menos de éste. Fue revulsivo ver esa pantalla el último sábado, cuando en un homenaje a Favaloro se exhibió en primer plano, atendiendo teléfonos, a Noemí Alan, cuya foto más recordada fue tomada en la ESMA, brindando con el Tigre Acosta.