Tolerancia
Monday, June 2nd, 2008Sábado por la mañana. Me despierto antes que todos. Bajo y busco los diarios, Clarín y PáginaI12. Anoche vimos Leonera. Me dormí con esas imágenes en la cabeza, los niños que nacen y se crían en la cárcel. Me dormí con el sonido de esa canción, el coro de voces infantiles latinoamericanas, la imparable alegría de esas voces era como la de los niños que nacen en las cárceles. Pablo Trapero ha logrado esta vez, además de una intensa película, ser director también de todos los sonidos de su obra, incluidas las canciones. Salud a él y a quien haya musicalizado Leonera.
Anoche, además, hasta último momento antes de salir de casa estuve viendo en TN las repercusiones de los arrestos de ruralistas y las imputaciones judiciales a dirigentes opositores. Ahora miro las fotos en los diarios. Tengo la música de Leonera en la cabeza. Esto es amargo. Las noticias de ayer fueron amargas. Obviamente leo en Clarín, firmada por Fernando González (un periodista con quien nunca coincido), “la sospecha de que la ley es flexible cuando se trata de amigos”. Esta vez comparto su opinión. Pienso en los hechos de ayer, y también, claro, en los amparos contra las retenciones aceptados que se conocieron el jueves.
Escribo ahora, que es temprano, para desahogar la sensación de que se ha llegado a un límite insoportable, más allá del cual todo es horrible, incluso las posiciones del Gobierno. Me gustaría saber qué piensa Néstor Kirchner al respecto. A veces se necesita escuchar a los dirigentes en los que se ha creído; no alcanza con lo que declaran a los medios los miembros del PJ que está citando y entrevistando. Creo oportuno decirle por este medio a Néstor Kirchner que si no hay pliegues en su estrategia de fortalecer y encolumnar al PJ, un partido en el que las viscosidades no han sido erradicadas sino apenas desinflamadas por la personalidad de Kirchner, por este camino se quedará solo muy pronto. (more…)
La frase se me vino inevitablemente a la cabeza. Me llamaban para hablar en la presentación de la revista Generación, el 11 de junio, y alguien en el teléfono me decía que en la mesa también iba a estar una docente de la Facultad de Ciencias Sociales con la que últimamente nos vemos seguido. Me reí porque hasta hace un par de meses no nos conocíamos, y ahora chocamos en las entradas o las salidas de diversos encuentros en los que se discute la crisis del “campo” o en las que se discute la ley de radiodifusión. La frase, decía, se me vino como por inercia a la cabeza: nos une el espanto. Pensar en esa frase, no ya usarla, pensarla apenas, da un poco de rechazo, como todo lo demasiado escuchado, lo demasiado repetido, lo demasiado obvio. Y sin embargo, la frase de Borges, a quien también le debemos la percepción de que el peronismo es “incorregible”, me vino a la cabeza. Esa frase que anticipa que no es el amor el motivo de una unión sino la náusea.
Durante un año vinieron a mi taller de escritura dos vecinas de Zárate. Dos audaces. Se venían todos los jueves a la Capital por dos horas, aunque me imagino que por lo menos en la mitad de la medida disfrutaban las charlas de los viajes de ida y vuelta. Recuerdo muy bien la cara de una, la de la otra no tanto. Pero si tengo que hacer algo parecido a la memoria emotiva que hacen los actores, lo que me trae el recuerdo de aquellas dos mujeres es el de un constante estado de alerta.
Vivimos en el tiempo de los amores efímeros, pero añoramos el flirteo. Los vínculos son fatalmente frágiles, pero el sufrimiento por amor sigue siendo algo muy duro. En su nuevo libro Amar y flirtear, Sandra Russo elaboró un contrapunto entre Adam Phillips y Zygmunt Bauman, aceptando la fatalidad de la época líquida, pero apostando aún a algunos sentimientos sólidos.
A lo mejor porque él representa, en lo más íntimo, el máximo exponente de la fidelidad a una idea, es que me cuesta tanto escribir sobre Fidel. Tengo una foto que busqué para anclarlo en mi zona de escritura posible, ya que él pertenece también a un territorio personal de escritura imposible.
“Si vuelves, lo anulo todo.” Quién sabe si efectivamente el presidente francés Nicolas Sarkozy envió ese mensaje de texto a su ex mujer Cecilia. Quién sabe si estaría, en ese caso, dispuesto a anular todo, o si lo envió a conciencia de que Cecilia, que ya está en otra cosa (bah, con otro hombre) no volvería, y fue un gesto más de la exagerada cortesía francesa. Quién sabe si no fue un pedido de Cecilia, humillada por su vertiginoso reemplazo. Quién sabe si Sarkozy se empeña en mostrar a Carla Bruni porque no logra superar el abandono de Cecilia. ¿Cómo saberlo? Esto es lo que tienen las noticias sobre la vida privada de la gente pública. Pueden circular impunemente, porque aunque los protagonistas hagan declaraciones y se exhiban haciendo esto o aquello, uno nunca puede acceder a la verdad. ¿Cuál es la verdad verdadera de las vidas privadas? Probablemente ni el propio Sarkozy pueda explicar el desmadre que armó con su victoria política, su divorcio, su noviazgo y su nuevo casamiento. Hasta ahora, todo indica que se dejó llevar. Como estrategia política, su actuación es deplorable: perder 13 puntos de popularidad en un par de semanas es una proeza kamikaze.
La escena me quedó en la memoria. Una pareja divorciada y con una hija de doce años en común se encontró en la Costa. El ex marido y padre de la niña pasó una noche porque no quería dejar de verla un mes entero. La ex mujer estaba recientemente casada en segundas nupcias: era entonces la mujer de otro hombre. El padre no pasó por la casa para buscar a la niña y llevarla a cenar con él. Tal vez ésa haya sido la idea, pero la ex mujer y su actual marido organizaron un asado para recibirlo y hospedarlo esa noche. Me invitaron al asado. Cuando llegué, las mujeres tomaban unos tragos en la cocina, y el actual marido y el ex marido de la mujer charlaban amigablemente mientras se ocupaban de la parrilla. Fue entonces cuando conocí el desapasionamiento en el sentido más positivo posible. No había ningún nudo de reproches o irritación entre los ex cónyuges. Seguían siendo el padre y la madre de la niña. Y lejos de tolerarse, se tenían mutuo respeto. ¿Un colmo de civilización? ¿Existen, en esta materia, colmos de civilización?
Mientras se van terminando mis vacaciones, también me voy despidiendo de algunos temas y de algún tono que uno usa cuando está de vacaciones. Uno es de alguna manera particular en vacaciones. A uno le brota, cuando el tiempo queda liberado de las obligaciones, otra versión de uno. Al margen de lo que puedan haber tenido esas columnas de crónicas culposas desde Cariló, las vacaciones en sí mismas, se pasen donde se pasen, el primer milagro que provocan es evaporar, en una medida gradual y personal, aquello que se dejó en la casa y el trabajo. Algunos rompen sus rutinas y pasan algunos límites (van desde la infidelidad al lemon pie), otros enmascaran con algunos detalles la monotonía que necesitan para sentirse en eje. Y algo de esto, de sentirse en eje, tienen las vacaciones. Tener un eje es necesario para las personas y los pueblos.
El lugar es Cariló. Un lugar que, como casi todos, soporta sobre sus seis letras varios mundos paralelos. En todos ellos naturalmente hay plata, porque Cariló es muy caro. Pero es distinto tener la plata para pagarse una semana en un apart, que la que se tiene para alquilar una casa todo un mes, y ambas cosas están a una distancia más que considerable de la plata que tienen los dueños de algunas casas, los cuatris estacionados como al descuido en la puerta junto con los demás vehículos, a la sazón un par de Audis o Toyotas. También tienen el lote de al lado para no perder perspectiva y carpa fija en algunos de los balnearios, preferentemente Cozumel. Casi no van al centro porque no quieren tener contacto con los advenedizos de los últimos años ni con los aún más repelidos visitantes ocasionales que llegan desde Pinamar o Gesell.
Sí, Héctor Febres se mordió la lengua, como tituló este diario. Y se calló para siempre. Su muerte no apenó a nadie. Pero su cadáver azul habló desde el jueves, cuando la pericia constató que la ingesta de cianuro fue la causa de la muerte. Lo que dice el cadáver de Febres es lo que ya se sabe desde que desapareció Julio López. No sólo se trata de viejos represores y torturadores que tienen más de setenta años y han hecho de la justicia tardía una justicia injusta, domiciliaria, demasiado cómoda para las aberraciones de las que fueron ideólogos y responsables. No sólo se trata de otros presos, como Febres, que increíblemente gozan de una acolchada estadía en lugares muy diferentes de aquellos en los que purgan sus condenas o esperan sus sentencias miles y miles de infelices. Estos están detenidos en sus antiguos lugares de trabajo. De trabajo de lesa humanidad. Pero no se trata sólo de ellos.
Creo que era Carmen la que estaba hablando sobre un texto, decía algo sobre raspar el fondo de la olla, y ahí saltó Rodolfo, que tiene 22 años y ya es sociólogo, y gritó: “¡Sí, eso cambió! ¡Nosotros no soportamos los culitos de las botellas de Coca!”. Lo que siguió fue una sucesión de asociaciones entre todos, como si algo se nos hubiese revelado, y eso pasa cuando se descubre algo que es percibido colateralmente y no ha sido nombrado.
El amor en general es maltratado en los medios de comunicación masiva. El amor es el tema insoslayable de los folletines, de las canciones melódicas y las canciones pop, de las películas de Hollywood y de muchos best sellers de autoayuda. El amor también es un tema de culto, como saben los fanáticos de algunos directores coreanos que nos vienen a decir, desde latitudes y ritos muy distintos a los nuestros, sus puntos de vista sobre ese sentimiento. El amor es un tema de la ópera. Y de la narrativa, por supuesto. Pero muy pocos llegan a leer esos cuentos y novelas, o a presenciar una ópera, o a ver cine coreano, como hace unas décadas los jóvenes veían cine francés.
No es algo sobre lo que uno se ponga frecuentemente a pensar. Uno no piensa en el sinsentido. Mientras se busca el sentido de las cosas, al sinsentido se lo padece o se lo goza. A uno no puede serle indiferente el sinsentido. Desde el primer instante del despertar, como personas sueltas y como especie mamífera con conciencia de su finitud, no hacemos otra cosa que intentar darle un sentido especialmente a lo imprevisto, a lo accidental, a lo doloroso. Necesitamos algo que justifique o explique lo que nos da tanto miedo.
Hace poco estuvimos en Niceto para escuchar a Dick el Demasiado. Me dejé convencer, porque aunque la cumbia electrónica es tan moderna, no deja de replicar a la cumbia que me impidió dormir durante casi un año. Mis vecinos de abajo eran en ese entonces decenas de chaqueños llenos de chicos que cada fin de semana cumplían años o tomaban comuniones, y la cumbia invadía mi casa esas madrugadas. Yo intentaba dormir cerrando las ventanas y poniendo burletes, pero el sonido a ese volumen (la cumbia no puede ser escuchada a bajo volumen, se desnaturaliza, pierde una de sus condiciones naturales) se filtraba como la lava de un volcán, y era de fuego todo lo venía de abajo. Era de fuego el clima de ese baile entre cerveza y vino de damajuana. Era de fuego el tenor del lenguaje que cargaba los gritos y las carcajadas de hombres y mujeres, como si no hubiese niños, como si los niños que cumplían años o tomaban comuniones fueran la excusa (tener tantos niños era parte de esa estrategia) para que cada sábado y domingo esos hombres y mujeres tuvieran su ceremonia de liberación, su territorio propio de fiesta y fiesta y fiesta, hasta el amanecer. Era de fuego, también, el arma de uno de los hombres, que me había dejado entrever cuando una noche, ya pasadas las cinco, les toqué el timbre llorando, porque estaba descontrolada por el cansancio y el aturdimiento. Mientras una de las mujeres me decía que iban a bajar el volumen (siempre me decían lo mismo), el hombre me dejaba ver el arma. Definitivamente, la cumbia había quedado sellada en mi memoria como la banda de sonido de algunas de las peores noches de las que puedo acordarme.
Esta semana se cumplió un año de la desaparición de Julio López, y aunque los diarios reseñaron el aniversario del secuestro, y la televisión y la radio amplificaron la noticia, el caso López es un ejemplo de cómo los medios no siempre imponen la agenda de la sociedad, esto es, para aquellos que nunca cursaron Comunicación, los temas circulantes entre la gente: la gente habla de lo que hablan los medios. Pues bien, nadie habló de Julio López. Nadie habla de Julio López. Entre los casos resonantes que atraen y capturan la atención de la opinión pública, no podría incluirse el caso López. Es un desaparecido en democracia también desaparecido de la conciencia colectiva.
La primera vocación que creí tener fue la sociología. Me inscribí en un año desafortunado, 1976, y ya he relatado en alguna oportunidad la sórdida experiencia que fueron esos pocos meses, tratando de saber qué materias uno estaba cursando o quién era el profesor titular: eso sucedía mientras las Fuerzas Armadas tomaban las primeras medidas, que incluían la desaparición de gran parte del cuerpo docente de esa carrera.
Es el mejor amigo del hombre, e incluso de la mujer, pero así y todo, el perro es un tema. Posiblemente dentro de poco me compre uno, porque he llegado a una etapa en la que necesito que alguien me reciba contento cuando llego a casa. Tengo una hija adolescente.
Me llega un mensaje de texto de un número que no reconozco: “¿Pediste fugaZ?” Lo específico del mensaje y su origen desconocido hacen que conteste: “¿Quién sos?”, sin abrir signo de interrogación ni poner el acento sobre la e. Alguien que seguirá siendo para mí un enigma me retruca: “Juas! No era para vos!”