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	<title>Sandra Russo &#187; sociedad</title>
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		<title>El rescate mitológico</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Oct 2010 06:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian Rodriguez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mientras este miércoles veía cómo los mineros chilenos iban saliendo de la cápsula Fénix después de ascender por el ducto que atravesaba la montaña, pensaba que el impacto mundial que estaban teniendo esas imágenes seguramente deparará a la expresión “salir por el ducto” un destino en el lenguaje global. El rescate mismo, su esencia, su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mientras este miércoles veía cómo los mineros chilenos iban saliendo de la cápsula Fénix después de ascender por el ducto que atravesaba la montaña, pensaba que el impacto mundial que estaban teniendo esas imágenes seguramente deparará a la expresión “salir por el ducto” un destino en el lenguaje global.<span id="more-275"></span></p>
<p>El rescate mismo, su esencia, su fascinación, consistía en ofrecer al espectador una imagen que era al mismo tiempo un fantasma, una hilacha del inconsciente, un punto de sentido a la vez político, social, científico, narrativo, audiovisual, épico, morboso, existencial. En fin, “el ducto” era llamado también “cordón umbilical”. Y los mineros estaban atrapados en “las entrañas” de la tierra.</p>
<p>La situación era, por su descripción casi seca, un cuento de terror. De terror de época, además: entre los espectadores había millones de fóbicos posmodernos que transpiran si un ascensor se queda cinco minutos parado. Allí había treinta y tres cabalísticos hombres pertenecientes al mítico trabajo de mineros, que yacían desde agosto seiscientos metros bajo tierra en el desierto de Atacama. Esa historia hubiera terminado como tantas otras centenares de miles en la historia de las minas. La mina es en sí misma un lugar sacrificial de América latina. Lo que llevó a Evo Morales a Chile no fue solamente su obligación como presidente para recibir al compatriota en su regreso a la superficie, sino también su conciencia ancestral de lo que es una mina. Potosí es un símbolo del sufrimiento humano.</p>
<p>Lo que hizo de esta historia en particular la Gran Historia no fue sólo la resistencia de los mineros, sino la cobertura de esa resistencia: fue una catástrofe en la que las nuevas tecnologías de comunicación permitieron restablecer la esperanza y la cooperación entre quienes esperaban el rescate y los rescatistas.</p>
<p>Al mismo tiempo que corría en nuestras mentes la película que ya veremos en los cines, mientras hubo que soportar otra vez el relato de los ex rugbiers uruguayos, mientras el rescate, en fin, encontraba un destino de espectacularización sin precedentes, otras películas aptas para menos público reforzaban la historia. Películas de otro orden, tan subterráneas como el agujero en el que los mineros permanecían atrapados.</p>
<p>Uno de los alcances más fuertes de esta Gran Historia reside ahí, en su faz polisémica, en su constante juego entre realidad y metáfora. La expresión “volver a nacer” después de un peligro de muerte se desplegó esta semana en Chile en su máxima extensión. La escena se ajustaba increíble, casi arteramente a esas palabras: los mineros yacían en las entrañas de la tierra, eran alimentados y provistos en la resistencia de meses a través de la “paloma”, que llegaba por el “cordón umbilical”. Todo Chile, representado en los rescatistas –también en los funcionarios, particularmente en el exultante ministro de Minería y el presidente Piñera–, era la obstétrica que los devolvería a la vida.</p>
<p>Más allá de todos esos elementos narrativos densos, consistentes, el espectáculo en sí mismo del rescate lo que ofreció fue la visión repetida y nunca del todo asimilada de hombres que “salían del ducto”, esto es: volvían a nacer. La estrechez terrorífica del ducto, su largo descomunal en proporción a su ancho, lo desconocido, lo peligroso del destino allá abajo, las traiciones de la mina, la contingencia misma de la vida era lo que estaba en juego en cada viaje de ida y de vuelta.</p>
<p>Pero además, el dispositivo mediático permitió no sólo darle el baño mitológico al rescate, sino convertir a los mineros en treinta y tres personas identificables, con nombre y apellido y con historia. Esto no es menor, toda vez que los mineros de todo el mundo han sido y son seres esencialmente anónimos, cuyas muertes las lloran los propios, pero que para los ajenos son gajes del oficio.</p>
<p>No le fue posible a casi nadie sustraerse a la visión recurrente de esos rescates. En principio, porque los medios de todo el mundo suspendieron programaciones enteras para entregarle a la Gran Historia su condición de record de audiencia, ya comparada con el primer viaje a la Luna. Pero también porque esta Gran Historia dice algo de los ductos por los que no nos animamos a pasar.</p>
<p>No es casual esa comparación. La Luna era un objetivo espacial y al mismo tiempo un abstracto y extracto emocional para aquellos millones de espectadores, como lo sigue siendo ahora. Esto es, un lugar hasta donde querer mucho a alguien, algo que se pide como prueba de amor, una metáfora.</p>
<p>El rescate de los mineros fue su contracara, más acorde con la sociedad de consumo global en la que vivimos, plagada de aislamiento, de individuación y fobia. Es sobre esa base en la mirada que el espectáculo del rescate vino a mostrar solidaridad, cooperación y organización. Hay hambre de todo eso en la superficie, y los mineros fueron pródigos en eso. Vino a hablar también de la necesidad y la efectividad de los liderazgos, y de la fortaleza emocional de un puñado de hombres toscos. Habló de inteligencia fáctica, porque todo lo que vimos tuvo que ver con inteligencia. La adaptación al mundo es posible sólo con inteligencia, pero de un tipo que no es la que califican los maestros en las escuelas. No somos entrenados en ella.</p>
<p>El mito siempre replica en su fondo algo de lo que tiene su forma. Resume en una historia y en unos personajes cuestiones básicas de la condición humana, preguntas sin respuesta, encrucijadas intolerables. En ese sentido, el éxito del rescate chileno ha calmado a la audiencia, como tienen por destino los mitos calmar la angustia de ser todos nosotros criaturas que, en un momento dado, deben optar.</p>
<p>Y en otro sentido, fue también disruptivo que el hombre que tomó para sí la responsabilidad de mantener unidos y resistentes a sus compañeros, el último en salir, Luis Urzúa, el que era esperado por el presidente Piñera para celebrar la coronación del éxito, haya sido capaz de salir del ducto y sobreponerse a su propio mito: lo primero que dijo es que deben cambiar las condiciones laborales de los mineros chilenos. Ahí se termina el mito y empieza la política.</p>
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		<title>Posiciones tomadas</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Sep 2010 06:00:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[política]]></category>
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		<description><![CDATA[En la televisión se registran algunos memorables diálogos entre periodistas y alumnos secundarios porteños. Exhiben la desinformación de algunos periodistas sobre un tema sobre el que, sin embargo, tienen posición tomada. Porque las posiciones se toman, igual que las escuelas. El periodista, desde el estudio, reprueba, descalifica la toma de las escuelas, y les da [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la televisión se registran algunos memorables diálogos entre periodistas y alumnos secundarios porteños. Exhiben la desinformación de algunos periodistas sobre un tema sobre el que, sin embargo, tienen posición tomada. Porque las posiciones se toman, igual que las escuelas.<span id="more-272"></span></p>
<p>El periodista, desde el estudio, reprueba, descalifica la toma de las escuelas, y les da a los estudiantes entrevistados un papel al que ellos no se acoplan. Hay desacople. Hay pretendidos y presuntos imbéciles imberbes o idiotas útiles, antiguas versiones de jóvenes politizados; el rigor discursivo de esta época los describe “chavistas”.</p>
<p>El periodista insiste en entrevistar a vagos y a infiltrados, a inconscientes, a quilomberos, a militantes inconfesos. Es una pesquisa completamente innecesaria. Quiere hacerlos confesar algo vergonzante, pero que a los pibes los enorgullece. Eso sucede cuando hay un cambio de paradigma (sí, claro, yo estoy haciendo política, por eso tomo la escuela. Periodista deconstruido).</p>
<p>Los pibes son muy claros y tienen su propia sintaxis bajo control. Saben expresar sus ideas mucho mejor que el periodista, pero lo que pasa es que, como hay desacople, no son escuchados. Explicar pormenorizadamente los pasos que dieron antes de las tomas, las asambleas, los petitorios, los pedidos de audiencia. No hubo respuesta a nada, y tomaron las escuelas. Pero el periodista sordo insiste, y ahora pasan a padres de esos que nadie querría tener, que afirman: “Estos vagos no quieren estudiar”.</p>
<p>Los adolescentes, entre otras cosas, se enorgullecen de hacer política porque no esconden la esencia de la revuelta secundaria, así como nunca en la historia un grupo de interés emergente reniega de ella: por lo contrario, la inercia de la emergencia lleva implícitos el orgullo de la conciencia y la reivindicación del acceso a un derecho.</p>
<p>Estamos acostumbrados a pensar la ampliación de ciudadanía sólo en términos de inclusión de pobres. En la ciudad de Buenos Aires tiene lugar un fenómeno distinto de ampliación de ciudadanía: gracias a las tomas, las voces de los secundarios llegan a nuestros oídos, se hacen escuchables. Gracias a las tomas, una nueva generación más, nacida y criada en democracia, se sacude los prejuicios y los insultos de Edu, que no hace más que replicar el argumento de Macri cuando le preguntan por sus listas negras. Contrapregunta: “¿Usted está a favor de los tomas? ¿Usted está a favor de un delito?”. Palabras de procesado.</p>
<p>El tema estuvo presente y sigue. No es un tema de la agenda de Magnetto, como explica didáctico en un tape revisitado Mariano Grondona. Esta agenda es distinta. Es la misma que incluye la vigencia de la ley de medios y al envío del caso Papel Prensa a la Justicia. Las posiciones dominantes mediáticas han perdido en la Argentina la capacidad de marcar esa agenda. Eso equivale a una pérdida irreparable de su poder simbólico. La realidad no circula ni se espeja hace mucho en esos medios. Pero se les impone. En la ciudad se ve mejor. La fractura entre la realidad y el guión macrista puede ser disimulada, y de hecho lo es, afanosamente, por los grandes medios. El tratamiento que le están dando los canales de noticias al tema de las escuelas tomadas revela, por si hiciera falta todavía, que su naturaleza es claramente disciplinadora y parte de la propaganda de un Estado de derecha.</p>
<p>Pero lo que no estalla en los estudios de televisión, ni en las primeras planas, estalla en la calle. Contra el guión que no duda en deslizarse a la mentira, choca un discurso sólido, no posmoderno, no cool, no light, no de prepa norteamericana. Los secundarios se comportan como ciudadanos. Tienen la autoestima de los ciudadanos, y desde ahí plantean sus derechos y demandas. Por las mismas paredes rotas y heladas de la ciudad más rica del país pueden haber pasado otras generaciones que naturalizaron su malestar cotidiano y el maltrato estatal hacia ellos. Pero esta generación de adolescentes exhibe a un sector que habíamos olvidado, tan seguros como nos hacían creer los medios de que los jóvenes usan peinados raros y son sólo emos, mirandas o casi ángeles.</p>
<p>La ciudadanía se amplía en una nueva imagen de los jóvenes argentinos contemporáneos, que piensan en política. Quizá sean una consecuencia de eso que decía Foucault sobre el poder: que no sólo reprime sino que también produce. La década del ’90 produjo los movimientos sociales. El macrismo produjo una generación de jóvenes que tuvieron como ministro de Educación a alguien como Abel Posse. Produjo escuelas vaciadas y desprovistas, becas recortadas, cierre de talleres. En consecuencia, produjo estas tomas, les proporcionó una causa. Que es la defensa de la educación pública y gratuita.</p>
<p>A los motivos de alegría que tenemos, sin duda hay que sumarles el debut de visibilidad de este sector de nuestros adolescentes, porque están escribiendo el primer capítulo de una nueva batalla cultural.</p>
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		<title>Marubos y Mayorubas</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Feb 2009 06:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Repaso mi cuaderno de notas y encuentro el mapa que hizo Débora Arisi, brasileña, antropóloga, ojos bien abiertos y celestes. A un costado de la carpa donde mujeres indígenas hacían un homenaje a la tierra ofreciéndole semillas, estábamos conversando con Jorge (léase yogyi) y Waki, jefes marubo y mayoruba, respectivamente. Son dos de las comunidades [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20090207/notas/NA36FO01.jpg" align="left" />Repaso mi cuaderno de notas y encuentro el mapa que hizo Débora Arisi, brasileña, antropóloga, ojos bien abiertos y celestes. A un costado de la carpa donde mujeres indígenas hacían un homenaje a la tierra ofreciéndole semillas, estábamos conversando con Jorge (léase yogyi) y Waki, jefes marubo y mayoruba, respectivamente. Son dos de las comunidades más grandes de la Amazonia, donde viven casi 300 etnias distintas. Un rato antes, yo estaba sentada en una de las gradas, con un aparatinho, así decía el locutor, del que “salían las voces de las traductoras”. El mío no andaba, y es que fallan muchas veces. Una mujer joven, con la cara limpia, se paró delante de mí para leer mi credencial, que decía “Imprensa”. Mi nombre y mi medio habían estado escritos con birome roja, que se fue destiñendo lluvia tras lluvia.</p>
<p>–¿Prensa? –me preguntó, sin saber mi idioma.</p>
<p>–¿Cómo? –yo estaba distraída con el aparatinho.</p>
<p>La mujer rubia sonrió, me agarró la mano y la estrechó con fuerza. Una manera cordial de obligarme a acercarme, porque el sonido ambiente obligaba a gritar.</p>
<p>–Soy Débora Arisi, soy antropóloga. Yo vivo con los marubo, de la zona del Javarí. Están en problemas, graves problemas. ¿Puedes hacerles una nota?<span id="more-239"></span></p>
<p>Le dije que sí. Tiró de mi mano y allí fui, siguiéndola por esa enorme tienda llena de indios de atavíos o desnudeces muy bellas. Llegamos a una tribuna en la que decenas y decenas de caras pintadas de rojo y negro nos miraron. Tenían las mejillas pintadas de negro y el rojo les tapaba la frente y los contornos de los ojos, como un antifaz.</p>
<p>–Ella es periodista de un buen periódico argentino. Va a hacerles una nota sobre la hepatitis –les dijo en un brasileño muy cerrado.</p>
<p>Las decenas y decenas de caras rojas y negras dejaron ver lo sepia de los dientes. Me sonrieron. Será una escena difícil de olvidar.</p>
<p>–Jorge, vamos afuera para poder hablar. Y Waki, tú también.</p>
<p>Mientras salíamos, me susurró:</p>
<p>–Waki es un jefe mayoruba muy importante.</p>
<p>El primero en hablar fue Jorge. Débora estaba tan nerviosa que no me traducía, más bien me repetía textualmente lo que Jorge iba diciendo. Y cada tanto me arrebataba el cuaderno en el que yo tomaba notas, y hacía listas explicativas, dibujos de plantas y mapas de diferentes regiones de la Amazonia. “8.544.444 ha”, leo ahora. Eso es la Amazonia.</p>
<p>Los marubo y los mayoruba son las principales etnias de la terra indígena vale do javari. La integran, según anotó Débora, os povos marubo, mayoruba, matis, kanamari, kalina, korubo. En las aldeas marubo de Lameirao, en los años ’80 entró el virus de la hepatitis. Todos ellos. A, B, C y Delta. Empezaron a morir.</p>
<p>En las riberas del río Javarí viven cerca de 3700 personas. Según Jorge, el 80 por ciento de ellas contrajo alguno de los virus. Jorge tiene los ojos enrojecidos. Hace apenas unas horas, desde un puesto cercano a su aldea, su hermano le dijo que tres de sus parientes están vomitando sangre. Ellos saben que es el principio del fin. Morirán sus parientes, como murió el 26 de enero Edilson Kanamari, un líder de 43 años, de hepatitis Delta.</p>
<p>No les llevan vacunas. La infraestructura sanitaria brasileña no llega a ellos. La piden a gritos. Han pasado, en estos años, a darles una dosis. Pero no llegan para la segunda o la tercera. De modo que esas 3700 personas no están inmunizadas, como podrían estarlo, como lo está la gente en las ciudades. Y esas personas que mueren de hepatitis no sólo se llevan su vida con ellos. Se llevan lo que queda de sus pueblos. Se llevan lo que sobrevivió a la selva y a la conquista. Jorge y Waki anuncian la inevitable extinción de los marubo y los mayorubas.</p>
<p>¿Qué piden? ¿Qué necesitan para garantizar la continuidad de sus linajes? Heladeras. Corriente eléctrica y heladeras donde guardar las vacunas ellos mismos o el puesto sanitario que necesitan. En 1996 creyeron que todo se terminaba. Ese año murieron 39 mayorubas de hepatitis en la aldea de Lobo. El virus, dicen, entró por Perú. Todas estas etnias vivieron siglos sin conocerlo.</p>
<p>Débora volvió a arrastrarme de un brazo hasta un enorme mapa de la Amazonia que estaba colgado en la carpa. Me mostró la región y dónde viven unos y otros. Las distancias son bestiales. Pocos pueblos tienen barcos con motor. Los otros usan el peque peque. Tardan cuatro, ocho, diez días para llegar a alguna parte a pedir ayuda. Ella está vacunada. Pero la malaria fue imposible evitarla. La contrajo cuando hacía poco que había llegado. Nombra a otro antropólogo que Jorge y Waki conocen, un tipo que vive en la selva porque está haciendo un trabajo sobre poesía mayoruba. Ya tuvo más de veinte malarias. De modo que en esta charla al costado de la carpa donde se lleva a cabo una actividad del Foro Social Mundial, la Amazonia se me entreabre de otra manera. Como un territorio abandonado, misterioso, algo que guarda lo secreto de lo virgen. Un territorio que todavía es la casa de muchas etnias aisladas que todavía no han sido “descubiertas”. Los korubo fueron “contactados” recién en 1996.</p>
<p>Pero también es un territorio al que van imantadas personas como Débora o el antropólogo poeta, gente con vocaciones rotundas, gente que vive su apostolado laico viviendo en tiendas precarias en la selva, ganándose la confianza de los pintados de rojo y negro recién cuando logran hablar su lengua. En la selva se habla el idioma de la selva. Y se aprende el brasileño para poder protestar.</p>
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		<title>Doce años</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Sep 2008 19:39:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[religión]]></category>
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		<description><![CDATA[Una pregunta puede ser formulada de muchas maneras. Una respuesta es siempre vaga si no se sabe a qué pregunta responde. Uno puede decir que sí o que no a muchas cosas, a una cantidad increíble de cosas, pero hay sólo un puñado de cuestiones a las que diciéndoles que sí o que no, uno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20080920/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Una pregunta puede ser formulada de muchas maneras. Una respuesta es siempre vaga si no se sabe a qué pregunta responde. Uno puede decir que sí o que no a muchas cosas, a una cantidad increíble de cosas, pero hay sólo un puñado de cuestiones a las que diciéndoles que sí o que no, uno es quien es.</p>
<p>Todos, tres o cuatro veces en la vida, hemos dicho que sí o que no frente a algunos dilemas, y esas respuestas hoy nos hacen los que somos. Por eso es tan importante, en esos momentos clave de la vida, tener la suficiente lucidez como para plantearnos de un modo honesto e inteligente esos dilemas. Son las encrucijadas de la vida. Las hay siempre y las enfrentamos todos, nos guste o no, en algún momento. No ver las encrucijadas con claridad es una de las maneras más comunes de estropearnos el futuro, o la identidad.<span id="more-233"></span></p>
<p>Pero si alguien es niña, si tiene doce años, si fue abusada y si está embarazada, probablemente tenga de sí misma y del mundo ideas distorsionadas, como está distorsionado el propio cuerpo con ese embarazo que no le tocaba, con eso que le fue impuesto con una violencia tan pasmosa que no podemos decir ni una sola palabra que la encarne. Esa violencia y sus legados pertenecen a un mundo del que no sabemos nada. Somos extranjeros de ese sufrimiento. Y entonces, un sí o un no, ¿qué significan? ¿A qué responden? ¿Qué le habrán preguntado a la niña mendocina? ¿Querés tener a tu bebito? O, ¿querés matar a tu bebito? O, ¿querés interrumpir tu embarazo? O, ¿querés que tu bebé siga creciendo adentro tuyo, así después lo cuidás y jugás con él? ¿Qué le habrán preguntado que la niña mendocina dijo que sí?</p>
<p>Es tan fácil andar castigando los cuerpos y las mentes ajenas, embanderándose con la religión católica y con sus preceptos sobre el ser persona del pre-feto de cinco minutos de vida. Es tan fácil llenarse la boca con el amor a la vida mientras se toma por asalto una habitación de hospital donde una niña de doce años se debate en el horror de sí misma y en los enigmas del destino. Es tan cruel y tan ciego cargar con la propia moral sobre una niña que es una niña, sobre esa niña a la que una violación y un embarazo no le han quitado su dignidad de niña, y por lo tanto no puede y no debería decidir sobre el irreversible paisaje de su propia vida, ya desarticulada de la felicidad, ya hundida en el horizonte de la maternidad a una hora que no es, de la forma que no es, con sentimientos que no son, y como resultado de un terrible recuerdo que ya lleva tatuado en la mente.</p>
<p>Las tribus fundamentalistas católicas se han dado un festival en Mendoza. No hay ningún atenuante para interrumpir un embarazo cuando el punto de vista es religioso. Ninguno. Ni doce años ni la violación de un padrastro. Un embarazo para esas tribus fundamentalistas y para los jerarcas del Vaticano que imparten las normas de las vidas que ellos no viven, ya no es un embarazo. Es un símbolo. Es una última trinchera tras la que resisten exactamente los mismos que dicen que el preservativo es inútil para prevenir el VIH, y desaconsejan su uso. Un embarazo es nada menos que el resultado justo de un coito. Es el propósito último que dispensa el deseo sexual y lo sublima. Por esa lente distorsionada se sublima hasta la perversión de un violador, si como resultado de la violación hay embarazo. Hay quien dijo que la peor de las perversiones es la abstinencia.</p>
<p>Pero no nos gobierna la Iglesia Católica. Si fuera así, tampoco habría divorcio. Apenas volvió la democracia, el debate sobre el divorcio también hizo salir a la calle a la reserva católica con fobia al mundo. Fue Santo Tomás, un ex libertino, el que designó a las cosas de este mundo como “inmundas”. Este mundo, se sabe, es el escenario en el que transcurre lo humano. En este mundo vivimos como podemos, hacemos lo que podemos, sufrimos lo que nos toca. Pero es necesario hacer visible la vara que mide nuestras inmundicias. El sexo no es inmundo; ni el sexo con amor ni el sexo sin amor son por sí mismos inmundos. Hay coitos inmundos, cómo no, así como hay abstinencias aberrantes. La Iglesia Católica puede dar fe del resultado aberrante de muchas de las abstinencias que patrocina. No es casual que los varios juicios que se llevan adelante en este momento contra sacerdotes católicos pedófilos tengan como víctimas no a niñas sino a varones. La faja de la represión suele abrirse con fuerza por el lugar más apretado. Las pulsiones humanas no pueden mantenerse fajadas, y estallan de las maneras más crueles cuanto más se ha querido aplastarlas.</p>
<p>Las fanáticas pro vida que entraron a la habitación de hospital donde estaba internada la niña mendocina a la espera del aborto que había solicitado su madre y que le fue negado, esas brujas que entraron con sus folletos de fetos muertos y sus palabras terribles a convencerla de que no abortara, consiguieron lo que buscaban. Han ganado una batalla a costa de la vida de una niña de doce años. Se han engullido su futuro y sus emociones. Son caníbales.</p>
<p>Por último, el juez de Familia Germán Ferrer, con su fallo y sus comentarios, ha dado cuenta, quizás a través de un fallido, de cómo la Justicia se ha alejado de su eje en este caso, con un punto de vista completamente distorsionado, igual que la suerte de quien dependía de ella. El juez Ferrer eligió una posición equidistante de dos demonios, los “grupos pro vida” y los grupos “pro abortistas”. La madre de una niña de doce años violada por su padrastro no tiene nada que ver con ningún grupo de ésos. El juez tenía que preservar la dignidad de la niña y hacer justicia para ella, no para ningún grupo. Los atropellos contra la niña y los 300 mensajes de texto que le mandaron al juez eran de los fanáticos pro vida. Instalar dos demonios donde no los hay es una práctica retórica que trae malos recuerdos y da vergüenza ajena.</p>
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		<title>El patio de los Campanelli</title>
		<link>http://www.sandrarusso.com.ar/2008/08/23/el-patio-de-los-campanelli/</link>
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		<pubDate>Sat, 23 Aug 2008 06:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando los que hoy andamos por la mediana edad éramos chicos, viajar en avión era una iniciación que a veces se postergaba más que todas las otras. Todavía no existía siquiera la palabra globalización, y lo que quedaba lejos quedaba lejos del todo. De los aviones llegaban imágenes fascinantes, como las de los pilotos y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080823/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Cuando los que hoy andamos por la mediana edad éramos chicos, viajar en avión era una iniciación que a veces se postergaba más que todas las otras. Todavía no existía siquiera la palabra globalización, y lo que quedaba lejos quedaba lejos del todo. De los aviones llegaban imágenes fascinantes, como las de los pilotos y las azafatas, que parecían seres en tránsito permanente y además conseguían perfumes y cigarrillos importados. Ser azafata o piloto de avión era una de las primeras cosas que se nos ocurrían cuando nos preguntaban qué queríamos ser cuando fuésemos grandes. Las azafatas con sus uniformes y sus valijitas con ruedas nos parecían, desde la mirada de los diez o doce años, mujeres un poco mundanas y al mismo tiempo respetables, con sus polleras por la rodilla y sus pañuelos de seda atados con gracia al cuello o despuntando del bolsillo del blazer. No eran mujeres, en todo caso, cuya mayor preocupación era qué hacer de cenar. En aquel imaginario prepúber, esas mujeres siempre sonrientes dormían una noche en París y la siguiente en Nueva York, en hoteles lindos y pagados por la compañía. Hablaban inglés y estaban siempre maquilladas. Así como en la Edad Media ser monja era un buen recurso para no casarse, en nuestras preadolescencias ser azafata parecía un buen recurso para viajar.<span id="more-227"></span></p>
<p>Ilusiones módicas, primeras, de clase media. Cualquier familia del barrio podía estar orgullosa de tener una hija azafata. Los Campanelli tenían una hija azafata, creo que era Liliana Caldini. Y aunque los Campanelli eran todos medio brutos, con padres que hablaban cocoliche, poco ilustrados, todos tanos en su salsa argentina, la azafata se había refinado con su trabajo y marcaba la diferencia. Pertenecía a esa familia, de la que no renegaba, pero su dicción era distinta, sus modales eran otros. Ser azafata era un trabajo que hacía bien, y hasta esos hermanos machistas y energúmenos que tenía la señorita Campanelli estaban orgullosos de ella.</p>
<p>Probablemente no haya sido el azar el que trajo a mi memoria a aquellos Campanelli que habré visto alguna vez, pero que quedaron instalados en la memoria televisiva de una época. De algún modo, la clase media argentina de los ’60 era una gran familia Campanelli, un grupo muy numeroso compuesto por gente que compartía una misma plataforma de largada, y cuyos miembros eran dueños de aspirar a otra cosa o de quedarse a seguir los ritos familiares. Convivían allí personajes grotescos con eternos escarbadientes en la boca, y abogados o médicos recién recibidos para beneplácito de padres y madres que no había tenido educación. El patio de los Campanelli era así un laboratorio de estrategias individuales entrelazadas con oportunidades que llegaban desde el ámbito público. Eso no se explicitaba porque se daba por hecho: la Argentina de entonces asumía como natural el hecho de que el esfuerzo y el talento fueran premiados con ascenso social. Sólo cuando el esfuerzo y el talento individuales ya no fueron suficientes para salir de ese patio se hizo visible el agujero que quedó después de la muerte del Estado y de las políticas públicas para que los peces chicos tuvieran oportunidades.</p>
<p>Me vienen a la cabeza recortes de otros programas televisivos más tardíos. Se estaba por privatizar nuestra línea de bandera y familias enteras de trabajadores de Aerolíneas Argentinas lloraban en cámara. Era la punta de un iceberg cuya base nos estaba tocando a casi todos, pero manipulados, obnubilados, hechizados por el discurso que enarbolaba las privatizaciones como una “modernización” inevitable para sacarnos de encima el “elefante” del Estado, pensamos que el problema era de otros, de ellos. Bernardo Neustadt fue quizás el profeta más insistente de aquellos dislates. Decía, cuando se privatizó ENTel, que íbamos a poder elegir entre el teléfono azul o el teléfono verde, que la competencia era la base del capitalismo y que con la privatización entraríamos a la modernidad.</p>
<p>Después pudimos elegir poca cosa, casi nada. Los ciudadanos se convirtieron en usuarios y consumidores que rara vez lograban encontrarse con una voz humana en los servicios de atención al cliente. Aquel discurso que hacía pie en la libertad de mercado se guardó en la letra chica la abolición de la libertad para diseñar la propia vida. Sin políticas públicas que equilibraran a los sectores poderosos y a los sectores débiles, muchos Campanelli fueron desalojados, igualados para abajo con otros que ya tampoco podían aspirar a un patio propio.</p>
<p>A los países emergentes el capitalismo no les dio ni siquiera su lógica de progreso. Fuimos tomados por chatarra, con ideólogos que hicieron vista gorda porque ya se habían convertido en empresarios, y con una clase dirigente vergonzosa, intelectualmente pobre y moralmente plana. Aquel proceso necesitó convertir la política en cloaca. También necesitó convencernos de que la política era cloaca. Necesitó alejarnos de la política. Previó individuos incapaces de establecer estrategias colectivas. Recortó a cada uno en su isla, gestó jóvenes abúlicos, sembró desconfianza en el prójimo, puso rejas en las ventanas y en las mentes, operó en lo más profundo: allí donde nacen las ganas de cambiar.</p>
<p>Esta semana recuperamos algo. Una voluntad común. Una empresa que fue nuestra en tanto fue estatal, y dejó de serlo cuando fue vendida y comprada como una mercancía sin valor simbólico. Aerolíneas Argentinas, además de una línea de bandera, es un símbolo que vuelve a esta casa en la que habitamos todos.</p>
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		<title>La yegua y el montañista</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Jul 2008 06:00:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En el banco, frente a las ventanillas, había tres colas y ninguna era muy larga, pero la de la izquierda estaba casi desierta. Era la que estaba disponible para los clientes VIP. Llegué y leí los tres letreros: VIP, Personas y Empresas. Hice un rápido repaso mental sobre mi propia condición y me paré en la de Personas. Delante de mí, último en esa fila, acababa de ubicarse un hombre alto, apenas canoso pero de aspecto juvenil, vestido con jeans y campera de montañista. Colgaba de su espalda una mochila de una marca muy cara, que le daba un aire de turista o extranjero; supuse que era un hombre de paso por ese microcentro atestado de mediodía. Ni tuve tiempo de pararme con todo el peso en una de mis piernas, que es lo que uno hace cuando se autoacomoda en una cola de banco atrás de una docena de personas. Llegó otro hombre, más viejo y trajeado, que sobre mi oído preguntó:</p>
<p>–¿Las tres colas son iguales? ¿Por qué en ésta no hay nadie?<span id="more-220"></span></p>
<p>El hombre alto con campera de montañista se dio vuelta y le dijo:</p>
<p>–Esa es para los giles que pagan quince pesos más por mes para que los atiendan más rápido.</p>
<p>–No me digas –le dijo el viejo trajeado, ubicándose en mi fila. Quedé hecha un sandwich entre ambos, lo cual no habría sido grave si los dos se hubiesen quedado callados como corresponde en una cola de banco, caray, que uno va al banco a hacer un trámite que siempre prefiere obviar, y en todo caso cualquier persona normal comenta o bien que el clima de Buenos Aires está tremendo, o bien que es una vergüenza que haya tan pocos cajeros en todos los bancos. ¿O hay acaso alguien en este mundo que se sienta a sus anchas en una cola de banco? Yo pensaba que no, pero me equivocaba. El montañista era un hombre que se sentía a sus anchas en todas partes, se diría que el mundo era suyo por la seguridad con la que hablaba, y también por el tono de voz elevado que hacía que todos escucháramos lo que decía. Sobre todo yo, que estaba hecha un jamón entre el montañista y el viejo trajeado. El montañista era una de esas personas que no pueden controlar su incontinencia verbal y cerebral. Y su flujo mental era tremendo.</p>
<p>–En Chile esto no pasa –le dijo el montañista al viejo trajeado. Era tan alto y yo soy tan petisa que el tipo ni siquiera tenía que hacer un mínimo gesto para mirar al viejo. Sencillamente, me salteaba.</p>
<p>–¿En Chile? ¡No! ¡Qué va a pasar! –dijo el viejo.</p>
<p>–¿Conocés Chile? –le preguntó el montañista, que debía tener unos treinta años menos que el viejo, pero que como se sentía tan seguro de sí mismo y era tan comunicativo, tuteó al viejo durante toda esa conversación, dándole incluso ánimo, con el tuteo, para que el viejo de-senrollara la lengua.</p>
<p>–Sí, estuve muchas veces en Chile. Tengo dos grandes amigos. Viven en Las Condes.</p>
<p>–Yo tengo mi oficina en Las Condes, mirá qué casualidad. ¿A qué se dedican tus amigos? Conozco mucha gente por ahí.</p>
<p>–Son generales. De carabineros.</p>
<p>–¡Ah, qué bien! ¡Generales! –dijo el montañista. Yo ya empezaba a mirar para el costado, a la fila que decía Empresas. Había menos gente. Un jovencito también trajeado y con una escarapela en la solapa revisaba unas boletas. Un cadete, seguro.</p>
<p>–Sí, son dos grandes amigos. Dos caballeros –dijo el viejo–. Si los paran con el auto, ¿vos te creés que sacan la credencial para presentarse como generales? Eso haría un milico de acá. ¡No! Primero escuchan si estuvieron en falta, escuchan con todo respeto y ojo, que los carabineros que los paran también son muy respetuosos. Por favor, señor, si es tan amable, tenga usted la amabilidad, ¿viste? Mucha educación.</p>
<p>–Típico de Chile, claro. Una educación increíble.</p>
<p>–Recién si les están por hacer una boleta o es muy necesario, ahí sí se dan a conocer. Pero no como acá, que todo el mundo saca chapa antes de tiempo.</p>
<p>–Es que este país es el peor del mundo, hermano –le dijo el montañista–. Y que me perdone si hay algún peronista presente, pero el cáncer de este país se llamó Juan Domingo Perón. No sé si estás de acuerdo –dijo, chequeando, aunque era evidente que su “que me perdone” era equivalente a un “me cago en que haya un peronista en esta fila”.</p>
<p>El montañista era, definitivamente, un camorrero. Y yo, que agarro no sólo los guantes que me tiran sino también los que se caen, me empecé a morder la lengua. Y eso que no soy peronista.</p>
<p>–¡Pero sí! –dijo el viejo, creo que sin haber prestado mucha atención a aquello con lo que estaba de acuerdo, incluso más allá de estar de acuerdo, porque estaba perdido en sus evocaciones–. Mis amigos son dos tipos de primera. Qué bien la hemos pasado cada vez que los fui a visitar. Fuimos a Valparaíso un verano.</p>
<p>–Las Condes es el barrio más fashion, diríamos –dijo el montañista, que estaba atrapado a su vez en su propio relato y al que era evidente que el hermoso verano del que amenazaba hablarle el viejo le importaba tres pitos.</p>
<p>–Las Condes. Muy lindo barrio. Fuimos una vez a Reñaca también.</p>
<p>–Yo tengo mi oficina en Las Condes –repitió el montañista–, la abrimos hace poco. Un lujo. En Chile nadie le tiene miedo al lujo, como acá, que hay que pedir disculpas si uno es más capaz que los demás para hacer guita. ¿Vos qué hacés?</p>
<p>–Soy jubilado. Hago trámites –dijo el viejo. Yo pensé que su lugar estaba entonces en la fila de al lado, pero a esa altura no iba a meterme en esa conversación ni aunque bajara Dios en persona a ofrecerme crecer quince centímetros de golpe. Y eso que para mí sería importante.</p>
<p>–Te voy a decir una cosa –le dijo el montañista–. La culpa de cómo nos van las cosas la tenemos todos, todos, todos, todos, todos.</p>
<p>–Todos –sintetizó el viejo.</p>
<p>–Porque no nos ponemos los pantalones largos –agregó el montañista–. Mirá: yo soy sanjuanino, mi familia tiene una calera y estamos trabajando en Chile pero, qué te puedo decir, de maravillas. Vendemos a lo loco. Los chilenos no miran para arriba. Miran todos para abajo. Es un país que tiene mucho que agradecerle a un señor, a un verdadero señor que se llamó Augusto Pinochet.</p>
<p>A esa altura yo quería ser más petisa de lo que soy. Hundirme en la junta de las baldosas de porcelanato, hacerme engrudo, evaporarme, porque me venían unas ganas feroces de ser varón y de decirle vamos afuera, macho, que te cago a trompadas. Pero últimamente, con todo esto del campo, estoy muy irritable. Y no sé si ustedes lo advirtieron, pero salvo la gente muy descarada, la gente muy jodida o la gente muy de mierda, en general, hasta en los taxis, reina un silencio de radio para no herir susceptibilidades ajenas o acaso para evitar irse a las manos. Ese clima de distensión que hemos logrado gracias al voto no positivo de Cobos (y del que hablan sobre todo los radicales y Chiche Duhalde) es una escenografía a la que en cualquier momento se le cae el techo o una puerta. Lo que hay es discreción y hartazgo de estar tan enemistados. Pero queda gente como este montañista, al que me tuve que seguir aguantando. Ya me pasó de levantarme precipitadamente de la mesa de un bar, después de pedirle a un mozo:</p>
<p>–Cobrame pronto porque si esta vieja de la mesa de al lado sigue hablando le parto un sifón en la cabeza.</p>
<p>Vuelvo al banco. Yo estaba haciendo ejercicios de respiración que nunca aprendí en yoga, porque yoga no hice, pero bueno, me imagino cómo serán: uno respira profundo, profundo, con el diafragma, y se concentra en el aire que inspira, y después lo va soltando despacio, tratando de concentrarse sólo en el aire, tratando de no escuchar a un montañista que dice:</p>
<p>–Tenemos a esta yegua gobernando, ¿te das cuenta? ¡Una yegua! ¿Y no hacemos nada? ¿Por qué aguantamos? –parecía estar interpelando a todo ser viviente que lo escuchara en el banco.</p>
<p>–Y&#8230; –dijo el viejo, que a pesar de tener amigos carabineros no había ido al banco a buscar roña. Hasta él se empezó a sentir incómodo. Eran varios los que daban vuelta las cabezas, y cada uno parecía calibrar su reacción, porque ninguno lo miraba asintiendo. Es que más allá de lo que decía el montañista, su prepotencia y su inadecuación lo hacían un blanco perfecto de hipotéticos escupitajos, que yo me imaginaba por millones. El pendejo de la cola de al lado, el de la escarapela, me puso cara de “qué pelotudo” y yo le hice cara de “impresionante”.</p>
<p>Por suerte la cola había ido avanzando y le tocó a él. Fue hasta la ventanilla y dijo, fuerte, para que nadie se lo perdiera:</p>
<p>–Quiero retirar diez mil pesos de mi cuenta.</p>
<p>La cajera le dijo algo que no se escuchó. El montañista habló fuerte:</p>
<p>–¿Tanto problema por diez mil pesos? ¿Qué son diez mil pesos? Qué país de mierda.</p>
<p>La cajera acercó la boca a la ventanilla y dijo, también en tono alto:</p>
<p>–Tiene que esperar veinte minutos. Si no va a hacer el trámite déjele el turno al que sigue.</p>
<p>–Bueno, nena, dale. En este país&#8230;</p>
<p>–Lo de nena se lo guarda. Ponga el pin –le dijo ella.</p>
<p>El montañista puso el pin y lo mandaron a sentarse y a esperar veinte minutos. Me tocó a mí. Hice mi trámite. Salí de ahí y me fui a terapia. Cuando llegué le dije a mi analista:</p>
<p>–Yo no sé qué me pasa. Ando con ganas de patear montañistas con la calle.</p>
<p>Mi analista se acomodó en su sillón y preguntó:</p>
<p>–¿En qué sentido?</p>
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		<title>Santuario</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Jul 2008 06:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tengo que hablar con mi diariero, porque este sábado, sin que nadie se lo pidiera, tiró abajo de mi puerta La Nación y me amargó la mañana. De no haber sido por eso, me hubiese ahorrado leer, en la página 18, un título increíble: “La gente transformó la casa de Cobos en un virtual santuario”. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo que hablar con mi diariero, porque este sábado, sin que nadie se lo pidiera, tiró abajo de mi puerta La Nación y me amargó la mañana. De no haber sido por eso, me hubiese ahorrado leer, en la página 18, un título increíble: “La gente transformó la casa de Cobos en un virtual santuario”. La bajada decía: “Como a un ídolo, le dejan regalos, le tocan el timbre y lo acosan por teléfono”. Eso es lo que hace “la gente”. Abajo, pequeña, muy pequeña, otra nota: “Ruidosa protesta kirchnerista”, cuya bajada indicaba: “Un grupo oficialista hizo pintadas y le pidió que renunciara”. Los kirchneristas no son gente, sino parte, supongo, del zoológico al que hizo mención Llambías la semana pasada, sin que ningún analista de los diarios de mayor circulación ni de los programas periodísticos del cable considerara esa expresión racista, al menos, de poco feliz. Cobos tampoco. Su corazón parece que no le dictó nada al respecto.<span id="more-219"></span></p>
<p>Esto de hablar de “santuario” es, además de exagerado, una muestra del destino que prevén para el mendocino esos medios que hoy articulan la política argentina de acuerdo a sus propios intereses. Si la libertad de prensa puede ser excusa para estas operaciones es una cuestión que merece un debate abierto que implique a toda la sociedad.</p>
<p>Mientras tanto, un par de consideraciones. Que el hombre haya complacido a los factores de poder pisando fuera del plato del gobierno con el que adquirió un compromiso, es una cosa. Pero eso es algo en todo caso más humano que divino, y eso que, como decía Bertrand Russell, en este caso “divino” puede asociarse con Dios pero también con Júpiter o Isis, cuya inexistencia es tan indemostrable como la existencia de otros dioses. Qué cosa, Dios. Dijo Carrió que Cobos fue Su Instrumento en la madrugada del último jueves, cuando la iniciativa del Gobierno fue derrotada en el Senado. Será un Dios que no echa a los fariseos del templo, sino algún Otro, que se complace en que los ricos pasen cómodamente por la cerradura y detenten el poder. Y qué pena para Carrió, que su Dios le impidió a ella congratularse en el escenario, junto a Miguens y Llambías, en su caso no por la vía abierta a la renta extraordinaria, sino por el debilitamiento de un Gobierno que le inspira un odio que, vaya, ¿aprobará Dios?</p>
<p>El punto es que Cobos está siendo endiosado por quienes a Cobos le importan. La misma nota lo explicitaba: firmada por Juan Pablo Morales, decía que “Cobos vivió ayer el día de máximo esplendor mediático de su carrera política”. Qué ingenuo sería creer que dejándose llevar por su corazón su voto le deparara el estrellato que de otro modo nunca había experimentado. Sería una fenomenal coincidencia que un vicepresidente que sólo escucha a su corazón y vota contra su propio gobierno recogiera las mieles del aplauso y la consideración de los factores de poder así, sin haberlo previsto, sin haber especulado, sin hacer cálculos políticos, en fin, siendo sencillamente fiel a su conciencia, aunque infiel a otro buen número de cosas.</p>
<p>Cuando Cobos habló de pasar el problema al Congreso, y la presidenta lo escuchó, parecía todavía que el hombre quería aportar lo suyo bienintencionadamente. Pero cuando un par de días más tarde el vicepresidente convocó por su cuenta a los gobernadores sin consultar con su jefa política –que dicho sea de paso es quien ganó las elecciones–, pues bien, era el momento, entonces sí, de hablar de la intención de un “doble comando”. Qué extraño que a ningún periodista de los grandes medios esto se le pasara por la cabeza. Así, la crítica principal a la resolución 125 era que fue “inconsulta”. Pero qué bien le cayó a la derecha, política y periodística, un vicepresidente que actuó inconsultamente con la principal autoridad del Poder Ejecutivo.</p>
<p>Cobos, que imposta un bajo perfil pero desborda de ambición política, ya se puso a hablar de que se debe a su público, o más bien, a “sus votantes”. “Tuve los mismos votos que la Presidenta”, dijo textual para detener lo que el sentido común indicaba y el honor sugería, la renuncia. Nadie votó un cogobierno. Que haya dicho eso hace prever que Cobos tiene en mente un doble comando que esta vez sí sería perverso, imposible, degenerado e ilegítimo. No se vota a una presidenta y a un vicepresidente para que una y otro actúen “de acuerdo a sus corazones”, sino para poner en marcha un proyecto político. Si Cobos no entendió cuál era el modelo que país que impulsaría Cristina Fernández y que consecuentemente ha defendido, debería irse sin esperar que nadie se lo pida. Si espera a que se lo pidan, y nada hace pensar que el Gobierno caerá tan pronto en otra trampa cazabobos, lo que espera es una crisis que lo deje en el lugar que no le corresponde y para el que nadie lo votó. Nadie. Una fórmula con Cobos a la cabeza hubiese tenido menos votos que la de Vilma Ripoll.</p>
<p>Ya antes había sido celebrado y cebado, cuando declaró que había que buscar consenso y no votos. Los que lo celebraron y lo cebaron son hipócritas que dicen defender el “consenso” cuando en realidad defienden otras cosas. La política que se desmarca del “sí, bwana” ante cada uno de los factores de poder debe presuponer conflictos, porque no hay cambio importante sin conflicto, y esto lo sabe cualquier trabajador que pelea por su aumento de sueldo.</p>
<p>Pero como viene sucediendo, ahora el “doble comando” será celebrado, impulsado, festejado, porque no se critica lo que se dice criticar ni se defiende lo que se dice defender. Son eufemismos, máscaras. Nunca molestó realmente lo del “doble comando” entre la Presidenta y su marido, a la sazón presidente del partido de gobierno: lo que irritan son las ideas de ambos. Lo que irrita fue, es y seguirá siendo que el zoológico queda tan cerca de casa, ¿viste?</p>
<p>Las ideas de Cobos no irritarán a las señoras gordas porque Cobos tiene aptitud para dejar tranquilas a las señoras gordas. ¿Cuánto falta para que lo invite a comer Mirtha Legrand? Pero la gloria en estos términos no es gratis. Sobre esa conciencia límpida que dice exhibir Cobos pesará para siempre la herida abierta en el corazón y los sueños de muchos argentinos y argentinas que evalúan su conducta como una clara traición a la boleta que pusieron en las urnas de octubre.</p>
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		<title>El cuentito</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Jul 2008 06:00:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Barack Obama fue caricaturizado agresivamente por The New Yorker y tanto demócratas como republicanos pusieron el grito en el cielo. The New Yorker se sintió en la obligación de aclarar el espíritu de la caricatura, a modo de disculpa. El turbante musulmán de Obama y el fusil que cargaba su esposa revolvieron el estómago norteamericano. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080717/notas/na10fo01.jpg" align="left" />Barack Obama fue caricaturizado agresivamente por The New Yorker y tanto demócratas como republicanos pusieron el grito en el cielo. The New Yorker se sintió en la obligación de aclarar el espíritu de la caricatura, a modo de disculpa. El turbante musulmán de Obama y el fusil que cargaba su esposa revolvieron el estómago norteamericano. Ese estómago será imperial pero, en materia de política interna, funciona con reglas claras. A las bananas las dejan crecer prolijamente fuera de su territorio. A nadie se le pasó por la cabeza que la crítica a una caricatura semejante sobre un candidato presidencial rozara la libertad de prensa. Hubiese sido ridículo. Tan ridículo como fue que aquí sí se hablara, en estos meses, de atentados a la libertad de prensa. Desde que comenzó este conflicto, los grandes medios no sólo han caricaturizado agresivamente a la Presidenta –y no me refiero sólo a aquella casi anecdótica caricatura de Sábat sino también a clips presuntamente chistosos que siguieron entreteniendo a la audiencia–, limando la institucionalidad del lugar que ocupa legítimamente. Confunden la libertad de prensa con el derecho al agravio. Los grandes medios han funcionado prácticamente como órganos de prensa y difusión de los sectores del campo afectados por las retenciones móviles. En ese sentido, esos medios han violado sistemáticamente el derecho a la información de los ciudadanos. Lamentablemente, y por su parte, la televisión pública se comportó como la televisión pública de cualquier otro país, menos de éste. Fue revulsivo ver esa pantalla el último sábado, cuando en un homenaje a Favaloro se exhibió en primer plano, atendiendo teléfonos, a Noemí Alan, cuya foto más recordada fue tomada en la ESMA, brindando con el Tigre Acosta.<span id="more-218"></span></p>
<p>Así las cosas, una capa de mugre se interpuso entre la opinión pública y los hechos. No por casualidad, en este mismo momento y en las pausas del debate en el Senado, TN pone en sus volantas “El campo” y, por el otro lado, “Militantes K”. Esa línea se estira y da por cierto que “la gente” va por su cuenta a Palermo y obligada al Congreso, y que quienes respaldan al Gobierno son sólo “militantes K”: serlo, en el universo de esos medios, equivale a tener medio cerebro funcionando. El tejido semántico elaborado desde el discurso hegemónico rural ata al militante peronista con lo bajo de la política y también con lo más bajo de todo lo demás. Da repugnancia escuchar a Llambías golpearse el pecho y decir: “Yo, pueblo”. Pocas veces como ahora hubo que cuidarse de las noticias como si fueran trampas cazabobos y nunca como ahora eso que se autodenomina “prensa independiente” fue tan dependiente de los intereses de esos medios.</p>
<p>Esto que empezó por las retenciones móviles ya no las tiene por eje. Hay hilachas lamentables, como la escena de la CCC o del MST poniéndole el toque pobre a la masiva reacción de la derecha. Y digo lamentables, sobre todo, porque uno las lamenta. La fractura del campo popular, en parte, explica por qué tenemos la historia que tenemos y por qué nunca hemos logrado que esta democracia, al viejo decir radical, sirva para comer, para curar y para educar a los más débiles. Cuando Alfonsín dijo aquello, los pechos se abrían porque quedaba atrás la larga noche de la dictadura, y todo era promesa. Pero no funcionó. Ni Alfonsín, ni Menem, ni De la Rúa, ni Duhalde se pusieron al frente de un giro democrático con contenidos populares. Lo hemos escuchado y dicho miles de veces: democracia formal no equivale a democracia real.</p>
<p>Hay quienes legítimamente creen que con Kirchner comenzó una etapa de depuración del peronismo y también hay quienes creen que, a pesar de innumerables errores (tal vez sean numerables, pero gruesos), los grandes trazos de los últimos años son los mejores que hemos vivido desde que terminó la dictadura. Esa gente, que es mucha y que no es necesariamente “militante K”, entrevió desde el origen de esta crisis que el paquete del reclamo agroexportador venía con premio de derecha. Pero no de derecha democrática, porque ésa es todavía una materia pendiente en la política argentina. Aunque esté posiblemente en construcción por la fuerza de los hechos, los argentinos ignoramos cómo se autolimitará la derecha cuando no están los tanques a los que recurrieron siempre, para imponer, por la vía neoliberal o la neoconservadora, sus deseos. Si algo ha caracterizado siempre a la derecha, ahora engordada como un pollo de criadero con las hormonas de algunos ex progresistas, es que no respeta límites de convivencia. Sus exabruptos nos han deparado las mayores tragedias argentinas, aunque ellos se hayan ocupado de que los adjetivos “soberbio” y “autoritario” recaigan en un gobierno que se abstuvo obstinadamente de reprimir. Estamos todos grandes y bastante golpeados como para creernos el cuentito que narran a coro tantas voces desafinadas y de triste color.</p>
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		<title>La calle</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jul 2008 05:50:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En un texto de la abogada Alicia Landaburu que habla sobre cómo la institución penitenciaria y el aparato judicial construyen la identidad de los procesados y condenados, leí esta semana un dato que me conmovió. Landaburu decía que en los informes ambientales hay dos datos muy importantes: el timbre y el buzón. Naturalmente, la Justicia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En un texto de la abogada Alicia Landaburu que habla sobre cómo la institución penitenciaria y el aparato judicial construyen la identidad de los procesados y condenados, leí esta semana un dato que me conmovió. Landaburu decía que en los informes ambientales hay dos datos muy importantes: el timbre y el buzón.<span id="more-217"></span></p>
<p>Naturalmente, la Justicia se asegura a través de esos datos de que el imputado es localizable y pasible de citaciones, pero ese dato también revela que hay un mundo público que se asegura la posibilidad de intervención en un mundo privado. Tanto el timbre como el buzón son las fronteras del mundo privado burgués que compartimos, y que tiene a la casa como centro de operaciones vitales y sociales del individuo.</p>
<p>Desacoplada, como se dice ahora, esa idea del mundo judicial, lo que nos queda es un dato que refuerza algo que es importante recordar en estos días, cuando el “ganar la calle” se ha vuelto un objetivo. Como individuos, ante determinadas coyunturas de la historia, somos completamente vulnerables. Esto es posible que los estén descubriendo e interpretando a su modo miles de personas que irán a la marcha del “campo”. Cuentan con un discurso hegemónico y privatizado que les endulza los oídos hablando de la virtud de la suma de individuos en pos de un “ideal”. Siempre me llaman la atención las caras arrobadas y en éxtasis de muchos concurrentes a las marchas del “campo”, especialmente las porteñas, que son las caceroleras. En rigor, ya me llamaron la atención en 2001, que fue cuando explotaron y se espectaculizaron. Muchas señoras que salían a golpear cacerolas lo hacían con un énfasis que hablaba en aquel momento de desesperación; en las últimas marchas, el componente emocional dominante fue la rabia.</p>
<p>Pero aunque están separadas por dos sentimientos muy diferentes, tanto entonces como ahora puede advertirse un goce en el “ganar la calle” de esos sectores que predominantemente nunca han participado de la vida pública de una manera militante o al menos, politizada. Y esto que comenzó con un “ganar las rutas”, incluye ahora a muchísima gente que no acostumbra a demandar ni a presionar colectivamente a un Poder. En consecuencia, esa gente descubre, cuando “gana la calle”, una parte de sí. La que queda del timbre y el buzón para afuera. Allí están los otros. Los que no son de la familia. Están las otras familias. Están los desconocidos que piensan lo mismo. Está la vida pública con el acceso libre para ser penetrada por miles de mundos privados mutados en conjunto.</p>
<p>En política, naturalmente, al menos en las democracias, aquí y en cualquier parte, la calle es el escenario natural. Los sectores militantes o gremiales y las organizaciones sociales, además de los “independientes” y la “gente suelta” con cierta conciencia política, lo saben y lo respetan. Sería ridículo que no lo hicieran.</p>
<p>Es previsible que la marcha del Congreso se pueble de organizaciones (y dada la confusión reinante no está de más aclarar que una organización es mucha gente organizada), militantes, independientes que respaldan al gobierno democrático y “gente suelta” que está harta de las presiones extorsivas. La marcha del “campo”, por su parte, pondrá en acción, mañana, a mucha gente que adhiere a sus reclamos pero que como plus tendrá una cuota dionisíaca de vida pública. Reaparecerá allí el goce de lo no frecuentado, el goce del timbre y el buzón traspasados.</p>
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		<title>Banderas</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Jul 2008 05:48:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace algún tiempo comenté una idea del escritor británico John Berger que leí en una entrevista. Decía que él descree de la palabra “amor”, porque supone un desenlace feliz. Y agregaba que él prefiere esos momentos en los que, a solas con otra persona o colectivamente, está pasando algo que todavía no puede ser conceptualizado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080712/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Hace algún tiempo comenté una idea del escritor británico John Berger que leí en una entrevista. Decía que él descree de la palabra “amor”, porque supone un desenlace feliz. Y agregaba que él prefiere esos momentos en los que, a solas con otra persona o colectivamente, está pasando algo que todavía no puede ser conceptualizado pero se vive, se siente, se entra de lleno en ellos. Lo individual se disuelve y se abre el túnel que nos separa de los otros. Hay comunión. Son momentos de contacto pleno. Todo esto último es interpretación mía de lo que desde ese momento llamo “Momentos Berger”. Sí recuerdo perfectamente que él terminaba ese párrafo diciendo: “Probablemente sean los únicos momentos por los que vale la pena vivir”.<span id="more-216"></span></p>
<p>Colectivamente, desde hace cuatro meses vivimos sin aliento. Angustia, fricción, impotencia son algunos de los sentimientos que muchos experimentamos. Pero las cosas no son lineales ni van en una sola dirección. Y también, junto a la angustia por el mañana incierto y la impotencia por la evidente manipulación mediática de los hechos, hay un despertar a un tipo de pertenencia que hasta hace cuatro meses no se planteaba. Están asomando banderas. Motivos de peso para agruparse, para defenderse, para participar de la vida política de este país. Esto que empezó imprevistamente y que hizo estallar una época argentina para darle paso a la siguiente está cada día sacando más tripas afuera.</p>
<p>A la oposición política de radicales y símil radicales, se ha sumado ahora el peronismo que protagonizó los noventa, que durmió su siesta y ahora vuelve radiante, como si fueran debutantes con aires renovados. Vuelven como quien se ha quedado sentado en el cordón de su vereda, esperando el momento propicio para pasar facturas. En el bolonqui todos reman para el mismo lado, aunque es incomprensible que un peronista, aunque sea de derecha, deje pasar conceptos como los que se le escuchan a Carrió: el jueves aseguró que a la marcha de la Avenida del Libertador irá “la gente libre”, y que a la Plaza del Congreso irá “la gente obligada”. ¿Coincidirá Barrionuevo? Esta etapa nos demanda increíbles coincidencias y asociaciones. En el combo lo vi a Llambías ironizando sobre el zoológico, y la palabra “aluvión” cayó sola, por su propia inercia, con su carga de racismo típicamente argentino. A ese borde llegaron los que ya no disimulan civilización y se hunden en la barbarie de sus propios criterios para calificar a los otros.</p>
<p>Los ’90 fueron una década de gente por el estilo. Ahora mismo estoy escuchando en la tele a un senador radical estallar en ira con lo de Aerolíneas. Parece el abogado defensor de la empresa. Dice que así no van a venir inversiones. La palabra inversión fue tan pronunciada en el menemato, fue tan impregnada de una vaga virtud, que algo de eso ha quedado. Está hablando de un grupo que no cumplió el contrato y dice que si se le exige que lo cumpla corremos el riesgo de que otros inversores no vengan. La Argentina conservadora, a la que desde principios del siglo XX el poder político jamás le importó mientras le obedeciera, vuelve a tirar la garra.</p>
<p>Es todo muy confuso. Pero no tanto, vamos. Duhalde sí pensaba volver, y volvió acompañado. El peronismo ya tiene su ala derecha bien armada. Nos resta ver si esa derecha peronista es ahora democrática. No lo fue antes. Y, sin embargo, veremos, ahora esa gente no será tan terrible ni tan corrupta para las otras derechas que pueblan el Parlamento. Unas y otras se sienten representantes de los intereses de la renta. Hablan de los pequeños y medianos productores, pero ni en el Parlamento ni en los grandes medios quedó claro, a lo largo de todo este conflicto, a qué intereses específicos responden Miguens y Llambías. Se lo pasan hablando de los pequeños y medianos productores, como si ellos también fueran dirigentes de la Federación Agraria. Los movileros como los conductores de los programas periodísticos de la televisión actual los dejan. Este debe haber sido el conflicto con menos repreguntas de la historia.</p>
<p>El viejo peronismo que baila con la más fea no escandaliza tampoco a la clase media. El clientelismo puro y la corrupción a escalas innegables no mueven a las señoras caceroleras a indignarse. Dicen que detestan al peronismo, pero parecen más bien detestar que los de abajo suban algún peldaño. En rigor, ése es el peronismo al que temen, el que puede mover algo de lugar. Esa es la parte más ruin de la clase media a la que pertenecemos tantos: se siente más clase media si hay miseria alrededor.</p>
<p>Decía al principio que están apareciendo banderas. Llamo aquí banderas a las convicciones que nos han animado siempre. La equidad, la justicia social, la defensa de los intereses nacionales. Apenas se conoció la inminencia del conflicto de Aerolíneas, Canal 13 sacó a un excitado Joaquín Morales Solá que ya antes de tiempo y sin que nadie se lo pida, montaba guardia en defensa de los intereses de un grupo español privado. Recuerdo perfectamente cuando Aerolíneas fue privatizada. Recuerdo la vergüenza y la rabia que generó aquel remate que sin embargo no sacó a multitudes a la calle.</p>
<p>En la Carta Abierta se habla de la emancipación. Es una idea que suena romántica, naturalmente, entre billikinesca y militante. Ningún aparato de poder, como es la lengua, permitiría que la idea de emancipación llegue límpida al oído de alguien. Para escucharla, hay que afinar el oído. La emancipación, según me la imagino, es la soga desatándose. Es un esfuerzo. Pero es también el sueño de muchos que se conectan a través de ese deseo que los abre. Un deseo de dignidad ante los poderosos, de política ante la chicana, de pasión ante el interés. Algo de esto circula. Se siente.</p>
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