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A Jorge Rial se le caía la baba, ayer, y repetía: “Nosotros, un programa de chimentos, terminamos hablando de la inseguridad… Cómo estarán las cosas, viejo”, y Luis Ventura asentía y los otros panelistas hacían una encuesta entre ellos para sondear el clima que se vive, y sí, de siete, cuatro habían “sido víctimas de episodios de inseguridad”. La farandulización del tema comenzó hace una semana con Susana Giménez repitiendo “el que mata tiene que morir” y “déjense de hinchar con los derechos humanos y esas estupideces”. Le siguieron otros: Cacho Castaña, Moria Casán, Luis Alberto Spinetta, Mike Amigorena, Romina Gaetani, pero la frutilla al postre del diente por diente se la puso el martes Marcelo Tinelli.

Hace tiempo, cuando en el canal América todavía Francisco de Narváez no era el invitado especial de todos los programas periodísticos, dos noches por semana uno se preparaba para ver TVR. Iban pasando las duplas de conductores (¡TVR hasta había conseguido hacer interesante a Fabián Gianola!) y, sin embargo, la impronta del programa se mantenía en la edición y el contenido de sus informes especiales. Uno de los clímax, que provocó escándalo por lo revulsivo, lo ambiguo y lo iconoclasta, fue aquel que hicieron después de la caída de las Torres Gemelas, musicalizado con Sinatra cantando “New York, New York”. TVR nació y se ganó su espacio así, de una manera distinta a la del millón de programas que repasan lo que pasó en la televisión. Tenía un plus.

Por Emanuel Respighi, de Página 12.

Si bien poco se sabe de la programación 2008, por lo pronto ya hay un ciclo que no continuará en la pantalla de Canal 7: Dejámelo pensar. El atípico magazine conducido por Sandra Russo, columnista de Página/12, y Boy Olmi, que se emitía de lunes a viernes a las 15, finalmente no saldrá al aire durante esta temporada, pese a que logró posicionarse como un programa que abría el debate y la reflexión en profundidad sobre situaciones cotidianas en un horario en que la TV se limita a telenovelas extranjeras, talk shows y ciclos de chimentos de dudosa veracidad. Una decisión al menos discutible, pero que además pone al descubierto una extraña situación: los conductores se enteraron de que el ciclo no seguía en la pantalla estatal en medio de sus vacaciones y haciéndose eco de rumores. Ni Rosario Lufrano, directora ejecutiva del canal, ni Martín Bonavetti, gerente artístico, les comunicaron que no contaban con Dejámelo pensar para el año que acaba de comenzar.

En la final de “Bailando por un sueño”, Moria Casán dijo que el resultado de la votación del público entre Paula Robles y Celina Rucci le importaba a la gente mucho más que el resultado de las elecciones. Yo no vi la final, pero ese fragmento fue repetido en varios programas. Subrayado, entonces, por el recorte en seco que provoca la repetición de ese momento, me asaltó una indignación atroz, un ataque de ovarios contra esa mujer que cuando yo era adolescente, encarnaba en las ficciones con Olmedo y Porcel –-ella y Susana Giménez fueron las dos grandes sex symbols de los años de plomo– una picaresca reaccionaria, acorde con la época.

Esto es viejo, es feo, es obvio. Es uno de los debates periodísticos recurrentes y seguirá habiendo este tipo de opiniones a favor y en contra de quienes desde los medios masivos deciden competir con el arma más fácil, barata y asquerosa: el morbo. La gente que suele ver esos canales o leer los diarios en los que se publican fotografías de cadáveres con todo detalle suele tener una marcada inclinación por el morbo, pero por un tipo de morbo especial, acotado. Es gente que se engaña creyendo o diciéndose a sí misma que el azar (“lo vi por casualidad”) fue el responsable que haberlos convertido en testigos obnubilados de cuerpos deshechos, cuerpos acribillados, cuerpos sucios de sangre, cuerpos agujereados, cuerpos color violeta, cuerpos carbonizados, cuerpos visiblemente muertos, muertos violentamente, con la violencia de la muerte atravesada por la mirada ajena. Esos cuerpos los llaman, los seducen desde su muerte abismal por evidente.

En ese programa hay gordos que quieren bajar de peso y adelgazan televisados: para muchos, ésa es una situación estimulante. La vida televisada suele ser estimulante para quienes ya están expuestos a sus radiaciones. Uno podría dividir a la gente entre los que concursarían en un programa de televisión y los que no. Me imagino ya mismo una de aquellas ArqueTipas que escribía en las contratapas de Las/12, esos dialoguitos telefónicos entre mujeres que estaban desconcertadas:

–¡Hola! ¡Si estás durmiendo, despertate!

–¿Qué pasa?

Hace unas semanas confesé mi debilidad por Gran Hermano desde su primera edición, cuando Solita todavía le daba un halo épico al hecho de encerrarse voluntariamente en una casa con gente desconocida y ser filmado las 24 horas. En eso consistía su arenga de cada gala, para que los “valientes” resistieran en su condición de ratas de laboratorio.

Debo confesarlo antes de que Paparazzi haga una investigación y lo descubra: desde la primera edición, soy fan de Gran Hermano. Fue el primer reality y creo que concentra todos los anzuelos, los vicios y las perversiones del género, sin llegar a los patetismos o los bordes bizarros de otros. Bueno, ser fan es una manera de decir, no recuerdo cuál participante jugó contra cuál, ni tengo habilitado el canal para seguir los movimientos de la casa las 24 horas. Soy todo lo fan que puedo ser de un reality, pero digamos que cuando se largó aquella primera edición, me atrajo el trazo grueso del juego, que consiste en ser mirado y escuchado sin interrupción.

Al año siguiente del furor de Resistiré, Telefé no pudo superar su propia apuesta. El deseo, que repetía un cierto clima que mezclaba romance con suspenso, no anduvo, pese a que este año Natalia Oreiro está probando en el 13 que ella es reina allí donde hay comedia. Cuando empezaron a llegar a las redacciones los rumores sobre la trama con la que volvía a la pantalla Pablo Echarri, más de uno –y me incluyo– pensó que iba a tratarse de un enorme disparate: partir de la adaptación libre de la novela de Alejandro Dumas para hablar de la apropiación de niños durante la dictadura. ¡Y con Pablo Echarri!

[Acerca de Vientos de agua, la miniserie para televisión dirigida por Juan José Campanella.]

La coproducción argentino-española, una historia de exilios cruzados entre inmigrantes de las primeras décadas del siglo XX y los argentinos que huyeron en el 2001 admite, según Campanella, una clara connotación: “Tenemos la fantasía de ser ‘apolíticos’, pero hacemos política permanentemente, hasta cuando miramos televisión”.

Es un síntoma: Vientos de agua va los domingos, por el 13, a las 22.45. Viene después de Daddy Brieva y Diego Pérez gritando a voz en cuello mientras un montón de gente de las provincias hace pruebas con cascos de ciclistas y disfraces de patos. Es un síntoma de los sobreentendidos que sobre sí misma fabrica la televisión, y no sólo en la Argentina. Y es también la confirmación de que la televisión, como soporte y cuando es bien querida, es un medio fenomenal en sus alcances y un desparramador de disparadores sociales y emocionales. Vientos de agua, la coproducción argentino-española que dirigió Juan José Campanella, es aquí y allá víctima de sus propias virtudes. Es un producto de lujo gracias al cual seguramente los ejecutivos de la televisión brindarán por unos cuantos premios, pero que eligieron, por su lenguaje trabajado y su historia –exilios cruzados entre inmigrantes de las primeras décadas del siglo pasado y los argentinos que huyeron en el 2001–, ubicarla en un horario que la borronea. Vientos de agua no resistiría el minuto a minuto, menos mal. Menos mal que hay gente de la televisión embarcada en proyectos que no resistirían el minuto a minuto, ya que por lo visto sólo lo resisten los grandes efectos que carecen de absolutamente todo lo demás.

[Entrevista a Ernesto Alterio, actor de Vientos de agua, la miniserie para televisión dirigida por Juan José Campanella.]

Ernesto Alterio, hijo de Héctor, tiene rasgos muy parecidos a los de su padre y una historia personal que roza, en algunos vértices importantes, la trama de Vientos de agua. Ernesto es un actor muy conocido y valorado en España, donde creció. En la miniserie, además de encarnar al personaje de su padre en su juventud, se está dando a conocer en la Argentina. Habla con completo acento español, con voz templada y amable, y por la línea telefónica se percibe, en ínfimos silencios o pausas, que cada respuesta sale de su mente y de su sensibilidad. “¿Cuántos capítulos habéis visto ya? ¿Dos? Veréis que se pone cada vez mejor”, es lo primero que dice.

El vestuario masculino sobre cuyo imaginario Marcelo Tinelli construyó el lenguaje de Videomatch se amplió. Hoy ese vestuario masculino es la televisión entera. Y Tinelli es quien mejor resume qué es “lo televisivo” en el único sentido que le importa a la propia televisión. La vida punto por punto, el rating minuto a minuto. Papelitos y pantallas monumentales. Superproducción a full. Gritos como si los demás fuesen bobos o sordos. Y sobre todo, en el código del vestuario masculino, en el que los hombres se duchan todos juntos y se permiten la rienda suelta de algún instinto bajo, esa especie de ring raje que son las cámaras ocultas o las cámaras sorpresas.

La historia de Marta, este martes, narrada en el ciclo Mujeres asesinas, fue una de las más revulsivas vistas hasta ahora. Marta mató a sus dos hijos. Probablemente, si la propuesta para ver un programa de televisión adelanta esa síntesis argumental, muchos espectadores la dejarían pasar de largo. Se supone que la televisión como soporte está hecho, casi por definición, para el entretenimiento. Sin embargo, gracias el protagónico a cargo Valeria Bertucelli, este capítulo de Mujeres asesinas se convirtió en la prueba de que la televisión es perfectamente capaz de ser una herramienta más que potente para transmitir las emociones más brutales y las más sutiles. A pesar de que en su trayectoria ha despuntado más su fase de comediante, Bertucelli logró comunicar una interioridad profundamente perturbada. Logró desentenderse de clichés y manierismos para seguir buceando, incluso inmersa en un personaje border y con un pie en el límite, en su sequedad gestual y su frescura. Logró hacer inteligible a alguien infinitamente débil y complejo, hacer de su asesina un objeto de espanto pero también de piedad y conmoción por esas grietas de la condición humana que se le asomaban por los ojos, sin necesidad de llanto ni de gritos. Y gracias a ella, los espectadores pudimos sentir nuestras pieles erizadas por esa historia, pero al mismo y exacto tiempo el placer de disfrutar del arte de una actriz.

Tuve buena voluntad y no me quise perder el gran acontecimiento mediático del año. Así que el lunes pasado vi La Noche del 10. Aguanté el homenaje a los maestros, la costilla de menos de Thalía, los reportajes bobos y todo eso, pero la visión de Marcelo Tinelli entrando como un emperador romano me dio vergüenza ajena y me dormí. En los días que siguieron me puse a hacer una encuesta entre gente muy cercana, poco cercana y apenas cercana, y aunque preveía el resultado no dejé de asombrarme: la mayoría no lo había visto, y los que lo habían visto habían hecho zapping o habían seguido mirando pero para tener algo que criticar al otro día. Entre mis muy conocidos, poco conocidos y apenas conocidos no hallé ni una sola persona que hubiese disfrutado del show. Ese relevamiento me condujo a una conclusión previsible: vivimos en un yogur. Entero y con fibra, pero un yogur. Aunque la suma de yogures ateste la heladera, cada uno de ellos no deja de ser una casa de juguete, un ecosistema balanceado, un mundito sin grandes ecos y sin grandes amenazas. Y si aconteciera alguna catástrofe, la enfrentaríamos con alguno de los diez mandamientos freudianos, esos que llevamos inscriptos en las células, esos códigos de barras que nos indican, si un día nos levantamos temprano y nos ponemos muy activos, “estoy maníaco”, o si un día nos quedamos en la cama y hacemos fiaca, “me estoy melancolizando”.

“Volvamos a la calle”, decía el cartel gigante que desplegó la producción de Domínico, el programa de Nicolás Repetto, en una esquina cualquiera de Buenos Aires, donde lograron un tumultuoso asado callejero entre vecinos. Si el cartel hubiese rezado “Conozca a su vecino”, la escena, mostrando la repartija de choripanes entre los habitantes de varios edificios, hubiese sido otro cantar. Pero no era ése el espíritu de la producción, sino volver a la calle, bajo la tesis, sobre la que Repetto insistió en sus dos emisiones, de que los argentinos de todas las edades y condiciones padecemos de un síndrome de claustrofobia alimentado por “la inseguridad y los secuestros”. En el primer programa, el chiste fueron los hermanos Korol jugando un picadito en un piquete, como quien dice “dale alegría a mi corazón, amargo”. Curioso personaje este Repetto que ya no es Nico sino un hombre de mediana edad buscando sintonía con “ustedes”. “Ustedes” han perdido la calle. Yo vengo a ofrecer un choripán.

A lo mejor porque era tan lindo, o porque era tan cool, o porque era tan televisivo, porque tenía éxito, porque tenía ideas y sus ideas funcionaban, o a lo mejor porque ganaba plata, o porque fue un pionero en entrecruzar temas duros, sórdidos, oscuros, con una estética que los hacía atractivos para las generaciones que mamaron, con la leche templada, el vértigo del videoclip; a lo mejor porque era audaz y se le notaba, porque parecía siempre en ascenso, siempre para arriba; a lo mejor por todo eso, cuando Juan Castro habló de “infierno”, hubo un malentendido.

Un nuevo proletariado protonotable asoma por la pantalla desvaída, obligada al entretenimiento con fórceps. Idos ya los tiempos en los que las celebridades mostraban sus casas en las revistas de actualidad y los pobres mostraban sus miserias en los talk shows, promete florecer ahora una nueva categoría suprahumana dada en llamar “los famosos”. Los talk shows este año se volvieron psicodramas, y las revistas de actualidad ya encuentran poca gente dispuesta a abrir las puertas del dormitorio. Los que lo hicieron, todavía no renovaron la decoración.

La fama es algo etéreo que muy pocos se dan el gusto de despreciar. Es etérea porque no se materializa: circula e ilumina a veces en su peor ángulo a quien la porta, como una linterna a pilas que se gastan. La época apadrina un tipo de fama fast que se consigue yendo a comer a alguno de los siete u ocho restaurantes en los que ya se sabe que están apostados los cuatro o cinco fotógrafos que “cubren la noche” y que una vez al año descubrirán algún chisme que valdrá, más que la pena, la foto que venderán a alguna agencia. Remedos o remiendos de una dolce vita que acá transcurrió en Mau Mau y cuyos héroes y heroínas eran básicamente gente sin nada más importante que hacer, pero que al menos optaba por un estilo de vida que inventaba para matar el tiempo. Ahora son pelotones enteros de “famosos” los que toman por asalto el esparcimiento ajeno, mostrándose indefectiblemente divertidos y azarosamente chispeantes, cuando no algo bebidos, para acumular millaje televisivo.

Programas como “Teleshow” o “Versus”, “El Rayo”, “Maldito lunes” o “Circomanía”, amén de los que se dedican al chimento, crean sus propios “famosos” a fuerza de interceptar a cualquier chico o chica que haya hecho alguna vez un bolo o haya posado alguna vez para alguna producción de moda. Con carreras artísticas inexplotadas o aún inexistentes, con trayectorias invisibles, con puestos de batalla sostenidos en los pasillos de los canales o apenas habiéndose dejado ver con alguien más conocido que ellos, los “famosos” rellenan la nueva fascinación con mecanismos que los propios programas inventan para alimentar no sólo la precaria fama de los “famosos” sino además su propio status de “programa de famosos”. Los mandan en tour a esquiar o a inaugurar un spa en Mendoza o al preestreno de alguna película. Los neopersonajes adhesivos a este nuevo engranaje generador de “famosos” son los noteros, que para hacer bien su papel deben exhibir, más que solvencia, camaradería confianzuda con la troupe de “famosos”: pegarles chicles en el pelo, derramarles champagne sobre la ropa, estamparles besos en el escote o compartir algún chiste privado forma parte del sketch de cada nota, en las que casi no hay preguntas. Los “famosos” no están ahí para decir nada, porque a nadie le interesa lo que puedan decir y porque además, si hablaran, vaya uno a saber qué dirían. El engranaje supone que la pantalla invertida en ellos está justificada si, por ejemplo, se tiran en grupo a una pileta o si cantan a coro o si hacen que se sorprenden cuando son aparentemente sorprendidos.


Parece ayer pero fue hace ya algunos años que los talk shows televisivos sacudieron la pantalla con su sucesión de historias que de tan inenarrables e inverosímiles levantaron la sospecha de que su mayor atractivo, que era la vida real, no era más que ficción. En su momento de mayor expansión, generaron la ilusión de que la televisión por fin ponía su ojo en el afuera, y que a través de la rendija de los talk shows se podía acceder a la casa del vecino.

Después de que el rating comenzó a abandonarlos, surgieron tres series de programas cuyo crescendo, hoy, vuelve a la televisión una caja autorreferencial que explotó con la muerte de Rodrigo. Por un lado, se multiplicaron los programas de chimentos, que blanquearon las reglas de juego del mundo del espectáculo. El “ladran, Sancho” de Cervantes pero biodegradable: un mix de vidas públicas y privadas degradadas hasta límites revulsivos, arte en el que Moria Casán obtuvo su medalla de oro cuando llevó a su programa a sus dos maridos, a los hijos en común y a los otros para desnudar en público y con pantalla caliente esas miserias domésticas de las que nadie está exento, aunque casi todo el mundo tiene el buen tino de no andar colgando pasacalles para advertirle al barrio que el marido no le cumple.

Están enamorados. Ella es casada, él viudo. Desde que el amor explotó entre ellos como explota el amor entre la gente –de golpe y a veces inconvenientemente–, maniobraron como pudieron para verse a escondidas, pero no mucho, porque los dos son buenos y los buenos no engañan (mucho). Pactaron un encuentro para un día cualquiera frente a una comisaría, y ese día Roxy tendría que haber hecho los deberes: decirle al marido que basta, y estar lista para embarcarse con Panigassi en el verdadero amor. Llegó el día y ninguno de los dos tiene pensado ir, porque en el ínterin pasó de todo –primera pregunta: ¿por qué en la vida real nos pasa tan poco? Segunda pregunta: ¿por qué en las tiras de la tele pasa tanto y parece que nunca pasara nada?–, pero se sabe que el amor es más fuerte, así que Roxy va y mientras espera le pregunta al policía de guardia si no vio a un hombre canoso y corpulento. El policía le dice que circule. Espera y espera, pero no confía en su felicidad y apuesta que él no vendrá. Se va. El, mientras tanto, lee el diario en su casa, seguro de que Roxy jamás abandonará la calma del matrimonio para aventurarse en las oleadas del amor, pero un impulso previsible hace que tire el diario y salga corriendo –como Meg Ryan en Sintonía de amor, cuando planta a su novio para ir al Empire State en busca de un hombre con el que nunca ha cruzado una palabra–. Panigassi llega cuando Roxy ya se ha ido, y le pregunta al policía de guardia si no vio a una mujer de pelo lacio y celular en la mano, pero en la comisaría hubo cambio de guardia y éste policía es otro, así que le dice que circule.