Los derechos de los niños cuatri
Saturday, January 12th, 2008
El lugar es Cariló. Un lugar que, como casi todos, soporta sobre sus seis letras varios mundos paralelos. En todos ellos naturalmente hay plata, porque Cariló es muy caro. Pero es distinto tener la plata para pagarse una semana en un apart, que la que se tiene para alquilar una casa todo un mes, y ambas cosas están a una distancia más que considerable de la plata que tienen los dueños de algunas casas, los cuatris estacionados como al descuido en la puerta junto con los demás vehículos, a la sazón un par de Audis o Toyotas. También tienen el lote de al lado para no perder perspectiva y carpa fija en algunos de los balnearios, preferentemente Cozumel. Casi no van al centro porque no quieren tener contacto con los advenedizos de los últimos años ni con los aún más repelidos visitantes ocasionales que llegan desde Pinamar o Gesell.
Diría incluso más, para que no me acusen de clasista, que después de todo no sé por qué suena a insulto, cuando es usada casi siempre para marcar diferencias de clase. Como si las clases no existieran o hubieran sido reemplazadas por alguna otra cosa más que subclases. Diría entonces que incluso hay gente que tiene mucha plata y aun así comparte una zona de su mundo no sólo con el que alquila su semanita en el bosque sino con el que veranea en Valeria o San Bernardo. (more…)
Con el calorcito, aparecieron las piernas. Son un paisaje de verano las piernas femeninas. Apenas empieza el calor y las adolescentes van por la calle con minifaldas y sin medias, y las que ya no son tan jóvenes gradúan, según una compleja red de autoimágenes, hasta dónde desean mostrar las suyas, las piernas de las mujeres decoran el paisaje urbano, lo avivan, son algo más para mirar. Los hombres y las mujeres miran las piernas femeninas. Los hombres porque las disfrutan (las que miran, las disfrutan). Las mujeres, para comparar tantos tipos de piernas diferentes a las suyas. Las mujeres tenemos una relación especial con nuestras piernas. Una serie de ritos que cumplimos o no cumplimos define esa relación.
Inventaron el escrache, que primero parecía un gesto de impotencia, desarticulado, casi una travesura de adolescentes que no podían padecer la adolescencia como lo hace todo el mundo –peleándose con sus padres, descubriéndoles sus defectos, desarmado esas figuras ideales de la infancia– simplemente porque sus padres no están. Ni siquiera están muertos: están en ese estado anterior a cualquier duelo, en ese territorio siniestro de la desaparición.