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El lugar es Cariló. Un lugar que, como casi todos, soporta sobre sus seis letras varios mundos paralelos. En todos ellos naturalmente hay plata, porque Cariló es muy caro. Pero es distinto tener la plata para pagarse una semana en un apart, que la que se tiene para alquilar una casa todo un mes, y ambas cosas están a una distancia más que considerable de la plata que tienen los dueños de algunas casas, los cuatris estacionados como al descuido en la puerta junto con los demás vehículos, a la sazón un par de Audis o Toyotas. También tienen el lote de al lado para no perder perspectiva y carpa fija en algunos de los balnearios, preferentemente Cozumel. Casi no van al centro porque no quieren tener contacto con los advenedizos de los últimos años ni con los aún más repelidos visitantes ocasionales que llegan desde Pinamar o Gesell.

En la clase de Castellano de primer año del secundario, la profesora preguntó quiénes leían. Levanté la mano junto con un par de compañeros. Ella me preguntó qué estaba leyendo. “Una de Corín Tellado”, le contesté. Hubo unas risas generales que acompañaron la cara desconcertada de la profesora. Supuse que mi respuesta no era un carta ganadora y maldije mi ímpetu participativo. Pasaron dos meses, y una tarde la profesora, antes de irse del aula, me volvió a preguntar con una ligera sorna y un tono casi compasivo: “¿Y ahora qué estás leyendo?”. No sin cierto temor a provocarme un nuevo contratiempo, susurré: “Una de Dostoievsky”. Ella se quedó mirándome. “¿Cuál?”, preguntó. Crimen y castigo, confesé. Puso la palma de la mano en mi mejilla, y sonrió. “Vas bien”, dijo.

El ministro de Defensa dijo –que indague quien corresponda por qué lo dijo– que este país “se está volviendo inseguro”. Mariano Grondona, después de esa payasada digna de Titanes en el ring que fue montar un debate entre Raúl Castells y Carlos Escudé amparado en la escenografía de las “barbas simétricas”, convocó a su audiencia a participar de la encuesta que está llevando adelante Infobae, cuya pregunta es la siguiente: “¿Está usted de acuerdo en que este país se está volviendo inseguro, como dijo el ministro de Defensa?”.

Los discursos sociales no se dan de baja: son dados de baja en un trámite multitudinario y larguísimo, muy complejo de desenmarañar. Uno no puede seguir el curso del trámite, porque habría que tener mil ojos, pero sí puede a veces observar sus instancias. Si Gastón Gaudio se dedicara a la política y no al tenis, su slogan de campaña podría ser “No me sigan, que los voy a defraudar”.

Tenía veintidós años, esa edad de esplendor vivida en una hierba mal regada por los tiempos aquellos, feroces, aniquiladores. Escuché por primera vez a Silvio Rodríguez en plena dictadura, mucho antes de Malvinas, cuando nada hacía sospechar que el monstruo fuera a trastabillar. Lo escuché en un casete regrabado y pasado de mano en mano, y en general las manos que se lo habían pasado estaban acostumbradas a hacer play en otra cosa. Los sonidos acústicos no eran bien vistos entre los veinteañeros de esa época, madurados a dedo por el rock. La fe, por aquel entonces, se enchufaba.

Emma Bovary se había casado con un hombre respetable, había tenido su soñada boda, había lucido su vestido de novia, había salido, por fin, de la casa de sus padres y había comenzado una nueva etapa de su vida. En su luna de miel se repetía: “Estos son los días más felices de mi vida”. Pero era mentira y ella lo sabía porque mientras se repetía esa letanía obligatoria suspiraba y se autocompadecía. No eran los días más felices de su vida. No le alcanzaba ni el hombre respetable, ni la boda soñada, ni el vestido de novia, ni la casa propia. No sabía muy bien lo que anhelaba, pero lo que anhelaba no era lo que tenía. Y así era Emma Bovary por definición. Nunca lo que tenía era bastante. Siempre habría algo mejor. Y es que siempre hay algo mejor.

Sería interesante saber cuántos de los votos que formaron parte del célebre 22 por ciento fueron votos convencidos. Uno tiene la impresión, a ojito, de que buena parte del porcentaje que pasará a la historia estuvo formado por votos a regañadientes, por votos a los empujones, por votos ariscos. Y eso por no hablar de los, a mi humilde entender, mal llamados votos útiles, como si algunas de las mejores cosas de la vida no se lograran cuando uno logra unir lo útil y lo agradable. Como fuere, aquí lo tenemos a Kirchner, asumiendo después de dos semanas sorprendentes. Para empezar, si me remito a la semana pasada y escribo tres o cuatro líneas sobre Menem, va a sonar extemporáneo: es increíble, pero en seis días el tipo fue derecho al pasado. Fue. Para seguir, de la presunta y casi lógica especulación acerca de la debilidad intrínseca de alguien que llega a la Presidencia con la magra feta del 22 por ciento, esta semana pasamos, Kirchner y un montón de gente, a otro estado. Un estado como de fotoshop: no diré que Kirchner esta semana parece más buen mozo, pero sí que sus intervenciones fueron vistas, oídas e interpretadas con una de las mejores predisposiciones que recuerde. Y para terminar (este párrafo), ¿no hay en el aire cierta alegría?

Inventaron el escrache, que primero parecía un gesto de impotencia, desarticulado, casi una travesura de adolescentes que no podían padecer la adolescencia como lo hace todo el mundo –peleándose con sus padres, descubriéndoles sus defectos, desarmado esas figuras ideales de la infancia– simplemente porque sus padres no están. Ni siquiera están muertos: están en ese estado anterior a cualquier duelo, en ese territorio siniestro de la desaparición.

Mientras el tiempo iba pasando, mientras las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final le cerraban la puerta a la justicia, mientras el indulto le puso candado a esa puerta, mientras todos nos hicimos mayores o viejos, según venga al caso, mientras esta democracia que primero creímos tambaleante se afirmaba a costa de seguir ignorando algunas cosas –por ejemplo, sin ir más lejos, quién, cómo, dónde, cuándo y por qué fueron asesinados los padres de esos chicos y chicas de HIJOS–, ellos crecieron. Antes no tenían voz, eran chiquitos con historias diferentes que confluían en un punto: un padre o una madre o los dos no habían estado ahí para ampararlos, habían crecido cuidados por abuelas o tías o parientes lejanos que sólo a veces y en algunos casos les hablaban de lo que había pasado. Algunos de ellos se hicieron grandes percibiendo la tragedia, atando cabos, reclamando saber.