Inventaron el escrache, que primero parecía un gesto de impotencia, desarticulado, casi una travesura de adolescentes que no podían padecer la adolescencia como lo hace todo el mundo –peleándose con sus padres, descubriéndoles sus defectos, desarmado esas figuras ideales de la infancia– simplemente porque sus padres no están. Ni siquiera están muertos: están en ese estado anterior a cualquier duelo, en ese territorio siniestro de la desaparición.
Mientras el tiempo iba pasando, mientras las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final le cerraban la puerta a la justicia, mientras el indulto le puso candado a esa puerta, mientras todos nos hicimos mayores o viejos, según venga al caso, mientras esta democracia que primero creímos tambaleante se afirmaba a costa de seguir ignorando algunas cosas –por ejemplo, sin ir más lejos, quién, cómo, dónde, cuándo y por qué fueron asesinados los padres de esos chicos y chicas de HIJOS–, ellos crecieron. Antes no tenían voz, eran chiquitos con historias diferentes que confluían en un punto: un padre o una madre o los dos no habían estado ahí para ampararlos, habían crecido cuidados por abuelas o tías o parientes lejanos que sólo a veces y en algunos casos les hablaban de lo que había pasado. Algunos de ellos se hicieron grandes percibiendo la tragedia, atando cabos, reclamando saber. (more…)